Texto por Franco Zurita

Fotografías por Hugo Hinojosa

Hay conciertos que son más que una fecha más en el calendario de cualquier artista. Conciertos que se sienten como una deuda acumulada durante décadas y ciertamente, la noche de ayer en Teatro Cariola, esa era la sensación que se respiraba en el ambiente al ser testigos del fascinante debut de The Fall Of Troy en nuestro país.

Durante años, su nombre circuló en suelo local como un rumor persistente entre músicos y guitarristas obsesivos, foros de internet y discos descargados de dudosa procedencia. Para toda una generación, descubrir al trío significó pasar horas retrocediendo canciones imposibles para intentar entender qué demonios estaba haciendo Erak con su guitarra. Por eso lo de anoche no fue simplemente el esperado debut de Fall Of Troy sino que también fue la materialización de algo que parecía hasta hace unos meses, imposible. Ya dentro del recinto, la sensación y el ambiente era casi eléctrico. Había ansiedad, pero también incredulidad. Como si nadie quisiera asumir todavía que la banda que había sonado durante años en audífonos y reproductores de MP3 estaba a punto de aparecer frente a nosotros.

Pero antes de eso, la noche comenzó con el colorido y caótico universo de Matar a Grax, quienes convirtieron el escenario en una especie de carnaval ruidoso y absurdo. Su show es difícil de describir sin caer en lo caricaturesco: flotadores y peluches volando entre cabezas junto a disfraces que parecen sacados de una caricatura noventera al borde de un colapso, dan cuenta de una identidad única y que detrás de todas esa irreverencia demencial, hay una banda que toca con una precisión increíble manejando el caos a su antojo.

Una pequeña montaña rusa de math-punk delirante que arremetió con piezas habituales de su repertorio como “El gran dolor”, seguido por el caos juguetón de “El Malo Maligno”, ambientaron la lluvia incesable de flotadores que tiñeron el cielo de colores y mucha locura “Aventuras en Re Mayor” mostró la cara más técnica de la banda, dejando claro que el desorden era solo una fachada para algo mucho más calculado. El groove serpenteante de  “Fideos con Salsa” y la culminación de su show con “Santiago Hippie Macho Love” fueron las últimas piezas de un show absurdo, ruidoso y festivo, demostrándonos que el virtuosismo también puede ser profundamente demencial, en el mejor sentido posible.

Luego de la extravagancia y la locura de Matar A GraxDelta pisó el escenario para transformar esa anarquía inaugural en algo mucho más estructurado. Imponiendo una portentosa arquitectura musical y con un sólido repaso a lo más destacado de su repertorio en estas dos décadas de vigencia, la banda demostró que cada dinámica tiene un propósito. La voz de Paula Loza, no solo sostiene, sino que se rige como una muralla sónica entre los matemáticos compases y riffs que comulgan en relatos existenciales e introspectivos. Sumando otro escenario internacional a su haber, la banda se movió con la seguridad de quien sabe exactamente qué quiere provocar en la audiencia, construyendo capas de tensión progresiva que terminaron preparando el terreno perfecto para lo inevitable.

Y lo inevitable era, sin duda, The Fall of Troy.

Tras unos minutos de espera y de manera puntual diría yo, las luces se apagaron definitivamente, provocando una reacción inmediata en la multitud de fanáticos apostados en el teatro. Aplausos, gritos y una descarga de energía colectiva que llevaba demasiado tiempo acumulándose, impactaron cada uno de los rincones y con el trío ya en el escenario y con un Andrew Forsman vistiendo de manera gloriosa la camiseta del cacique, el arranque fue inmediato y sin medir ninguna advertencia. “Laces Out, Dan!” cayó como un rayo fulminante provocando una masa de cuerpos que avanzaba sin tregua hacia el escenario. Con “Mouths Like Sidewinder Missiles” el Cariola ya era un torbellino, y cuando llegó el turno de  “I Just Got This Symphony Goin’” la sensación de catarsis era total. El escenario parecía demasiado pequeño para todo lo que estaba pasando abajo. Caos y descontrol eran solo algunos de las sensaciones que se apoderaron del abarrotado recinto convirtiendo el teatro en una caldera infernal.

Thomas Erak, en vivo, es desconcertante. Un maestro que ejecuta y que parece más bien un domador de riffs y tapping imposibles, cambios abruptos y líneas vocales que se disparan en todas direcciones pero que increíblemente, mantiene un control particularmente absurdo. A mitad del set, “Straight-Jacket Keelhauled” y “Semi-Fiction” elevaron el vértigo mientras el recinto parecía seguir girando sobre sí mismo. Pero fue con “Act One, Scene One” cuando el concierto alcanzó uno de los momentos más altos de la noche: un estallido colectivo donde cada riff fue acompañado por cada una de las voces presentes desatando la histeria colectiva en el lugar.

Tras una hora de absoluto frenesí, el show parecía no tener final. The Fall of Troy sigue siendo una máquina perfectamente engrasada. Forsman y Jon Henry Batts sostienen esta maquinaria con una solidez brutal, permitiendo que las guitarras se desarmen y vuelvan a armar sin que la música pierda el control. Con “You Got a Death Wish, Johnny Truant?” y los casi diez minutos épicos de “Macaulay McCulkin”, el concierto ya estaba en ese punto donde nadie ya pensaba demasiado y solo quedaba seguir el ruido.

Finalizado su set, el trío abandonó el escenario por unos minutos, pero nadie en el Cariola se movió. No era que tuviéramos expectativas de que algo más ocurriera, pero faltaban algunas piezas que encajar en este puzzle matemático y así fue. Con Thomas solo frente a la multitud, “Caught Up”, puso nuevamente en marcha, este artefacto visceral con la tranquilidad y emoción de esta pieza interpretada en absoluta soledad por el guitarrista con la luz como compañía. Tras esta muestra íntima de un espectáculo frenético, Erak dejó caer el primer patrón fracturado de “F.C.P.R.E.M.I.X.” y la reacción fue inmediata y casi instintiva. Uno de los riffs más diseccionados del nuevo milenio, rebotó por todo el Cariola como una descarga eléctrica e intensiva. Cada cambio de compás, cada pausa milimétrica, cada explosión de distorsión fue devuelta por una audiencia que parecía conocer la canción desde las entrañas. Por unos minutos, la frontera entre escenario y público desapareció y mientras abajo los gritos acompañaron cada una de las líneas, arriba se desarmaban los acordes y en el medio, quedaba ese caos matemático que siempre definió a The Fall of Troy.

Con el ruido evaporado por todo el recinto, llegó el silencio. Ese que solo aparece después de algo verdaderamente liberador. No quedaba mucho más por hacer, la ecuación finalmente estaba resuelta y cuando las luces volvieron a brillar, el ambiente era un poco caótico. Gente sudada, sonrisas incrédulas y abrazos entre desconocidos que reconocían el haber vivido algo histórico. 

Después de dos décadas de espera, lo que pasó en el Teatro Cariola fue la confirmación de que algunas obsesiones adolescentes pueden sobrevivir al tiempo. Y a veces, si tienes suerte, incluso terminan explotando frente a ti. A solo un par de metros, entre guitarras y mucho ruido.


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