
Texto por: Franco Zurita
Fotografías por: Luciano Candia
El pasado 10 de abril, el escenario de la Sala Master de la Universidad de Chile, ese espacio resonante de memoria y concreto, fue testigo de un nuevo designio de Como Asesinar a Felipes. Se trata de “Umbral”, su más reciente universo y desde las penumbras de esta odisea y en complicidad de sus más fieles fanáticos, atravesamos curiosos esta nueva estructura de los CAF.
Sin mucho preámbulo, la ceremonia comenzó entre percusiones menores y cascabeles que auguraron de alguna manera, el ritual próximo a experimentarse, y tras unos minutos de trance, “Buscando una Luz” fue la primera pieza que presentó este nuevo destino y no fue para nada casual. Es la puerta de entrada a este abismo, una constante tensión que nos sumerge en la búsqueda de nuevas formas a través del bajo de Billy Gould (quien por obvias razones no estaba presente) y la identidad intrínseca de la banda. Koala Contreras susurró, escupió y reflexionó mientras el beat trotaba incómodo acompañado de vientos siempre lascivos. Pero también hubo espacio para revisitar viejas melodías y como un disparo al centro, “La puerta no se abre sola» confirmó el estado etéreo de la noche empujado entre el beat y el piano, disipando el camino para “Canción de una canción”, un espejo dentro de otro espejo. En colaboración con Matiah Chinaski y Pablo Ilabaca, la banda desarmó el lugar en medio del sample de Los Ángeles Negros para darle la bienvenida a la primera invitada de la noche.

«Vigilantes/Visitantes/Habitantes”, parte de este nuevo portal de los CAF fue el primer hito de la noche. Y digo hito porque junto a la fascinante María y los Templos, envolvieron la sala en este cruce de caminos como una procesión interna en donde las voces se trenzaron entre capas ambientales, gritando y respondiéndose el uno con el otro. Nadie vigilaba, más bien todos éramos habitantes. El gran Martín Benavides apareció para «El mundo no estaba así antes» y cargo de los espectrales sonidos del Theremin, fue el maestro de ceremonia de esta interpretación. Un diagnóstico de un presente roto. El sonido de la resistencia estética frente a esta realidad que cada vez, se siente como un error de sistema.

En mitad de este viaje, Metraka convertido en chamán, toma nuevamente algunas percusiones para seguir ungiendo el espacio para una nueva bendición en el recorrido por esta nueva senda. El público contuvo la respiración y por unos minutos, el misticismo envolvió cada uno de los rincones, moviéndose en distintas frecuencias. Entre colores y cadáveres y ya con los pies en la tierra, “Caen» fue otra de las joyas que oscureció el camino. Jazz para el fin de los tiempos sintiéndose como el peso de una estructura que se ha vuelto insostenible. Otro de los grandes momentos vividos trajo consigo a una leyenda de la música nacional. Maestro sagrado de lo ecléctico, el gran Carlos Cabezas tomó las riendas para interpretar «Cómplices (abrazo al viento)». Su profunda voz y su presencia escénica, siempre al borde del desorden contenido fue como acariciar la brisa, aquella que sin detenerse, se siente en la cara y en la piel.

Para cerrar la noche especial de colaboraciones, Angelo Pierattini renació de entre el fuego para, con su guitarra como antorcha, aventarnos «Simplemente tiempo» y junto a los CAF, desconfigurar el espacio. Su guitarra se entrelazaba entre capas de atmósferas inquietas aportando mantos eléctricos entre la histeria reverberante de la última pieza. Para cerrar las puertas de este umbral, “III” hizo su entrada en medio de un clima eléctrico. Una liturgia disonante, fragmentada y en constante presión para contener la tensión del momento, del ambiente, la noche y todo lo vivido.
Una noche única, de esas que no se viven todos los días. El aire vibraba mucho después de apagarse la amplificación y en ese eco, en ese rastro imperecedero de recuerdo, aun seguíamos transitando en este nuevo espacio de los CAF. Cruzando el umbral y abriendo nuevas puertas.
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