Álbum: «Primer Corte»

Artista: Navaja

Género (s): Heavy Metal

Año: 2026

Texto por: Matías Hermosilla

Hace uno o dos años, si no mal recuerdo, escuché a Cristóbal Briceño contar en una entrevista que estaba armando una banda de metal y la noticia inmediatamente me generó interés. Como Briceño, durante mi adolescencia pululé por la escucha activa del metal y sus distintos sonidos. Pensé entonces en él como una suerte de hermano mayor que logra hacer aquello que muchos, por limitaciones técnicas o actitudinales, nunca fuimos capaces de hacer.

Mi alegría y sorpresa fueron todavía mayores cuando escuché el primer adelanto, “Caravana de la muerte”, una canción que en lo sonoro me transportó a Rob Halford, a Danzig y, quizás desde cierta tradición punk chilena, al espíritu de Fiskales Ad-Hok. Ese primer adelanto me dejó una sensación que valoro especialmente: “aún me puedo sorprender”. Porque, sinceramente, y pese a la admiración que profeso por la obra de Briceño, pensé que este proyecto dialogaría más directamente con los sonidos enarbolados en sus discos cómplices con Diego Peralta, “Doler Crece” (2022) y “Aurora” (2023), donde ya se dejaban entrever algunos tintes de Whitesnake o Europe. Pero no, me encontré con un sonido crudo y con una voz en la que el Briceño clásico, con sus florituras características, quedaba enterrado bajo algo nuevo y bastante más agresivo. En lo lírico el riesgo es todavía mayor, mirar la “Caravana de la Muerte” desde la óptica del torturador es una decisión violenta e inquietante. Pero no todo pasa por la agresividad. También aparecen momentos melódicos que recuerdan al Iron Maiden de “Run to the Hills” o al power metal de Rhapsody y Sonata Arctica.

Ya desde ese adelanto era posible entrar al disco con la ansiedad y la curiosidad de subirse a un viaje sin un derrotero demasiado claro, algo que a estas alturas resulta cada vez más escaso. En “Primer corte”, Briceño está acompañado por los músicos limachinos Javier Ortiz (guitarra rítmica), Mauro Silva (guitarra solista), Carlos Pereira (batería) y Vicente Pereira (bajo), fundamentales para darle vida a este sonido. Que sean músicos limachinos no es un dato menor. Cuando hablamos de música de la Quinta Región tendemos casi automáticamente a mirar hacia Valparaíso y Viña del Mar, como si la actividad musical terminara en ese eje costero. Pero existe otra Quinta Región, la del interior, y Limache forma parte de ella. Allí también circulan músicos, se arman bandas y se construyen relaciones alrededor de la música y “Primer corte” obliga a mover un poco el mapa.

El metal, además, sabe bastante de esas historias que ocurren lejos del centro. Ensayos, tocatas, amistades, intercambio de discos y muchas horas dedicadas a tocar un instrumento sostienen circuitos que no necesariamente aparecen en los grandes relatos sobre la música chilena. Navaja nace justamente de uno de esos cruces. Briceño llega a Limache y se encuentra con músicos que ya tenían una relación propia con el metal. Buena parte de la banda proviene de Demoniac y la precisión de “Primer corte” también viene de ahí. Navaja no es Briceño jugando a ser metalero con una banda detrás. Hay un encuentro entre su manera de escribir canciones y músicos que conocen este lenguaje desde dentro. Por eso me interesa pensar en esa otra Quinta Región. Limache no aparece solamente como el lugar al que se fue a vivir Cristóbal Briceño ni como una curiosidad en la historia de Navaja. Es el lugar donde la banda pudo existir de esta manera. Si buena parte de las historias musicales de la región terminan volviendo a Valparaíso y Viña del Mar, acá el mapa se corre algunos kilómetros hacia el interior y, con ese movimiento, aparecen otros músicos y otras formas de hacer música.

Las guitarras y los solos que abren algunos de los temas hacen honor a la tradición del metal. Por momentos aparecen sonidos que recuerdan a las guitarras de Black Sabbath, pero tocadas con el acento melódico del power metal. Ahí brilla especialmente Mauro Silva, con el virtuosismo que exige un estilo como este. Canciones como “Acción tercer mundista”, “Caravana de la muerte” o “Funeral” tienen momentos en que la guitarra se toma la canción y deja ver buena parte de la textura del disco. Y ahí vuelve a importar el encuentro con estos músicos, Briceño puede traer las canciones, las letras y sus obsesiones, pero el sonido de Navaja se construye entre todos.

En las letras, Briceño entra en un espacio más oscuro y agresivo. Se nota, por ejemplo, en “Gianluca”, que abre con la frase: “van a quererte de rodillas / lamiéndoles las suelas sucias de las zapatillas”. Hay ahí un llamado a la acción y a una rabia que muchas veces queda relegada en otros lenguajes musicales. El metal abre camino a la venganza, al desquite y a una rabia fundacional. No necesariamente para resolverla, sino que, para gritarla. Pero, más allá de todo lo dicho, Primer corte es un disco de canciones. A lo largo de sus nueve temas vuelve a aparecer algo de ese sentimiento adolescente, una rebeldía oscura pero también emotiva. Para quienes alguna vez fuimos oyentes de metal, el disco permite regresar a esas profundidades, gritos y expresiones que tienen mucho más que ver con lo pasional que con lo racional.

Escuchando el disco también recordé “Metal: A Headbanger’s Journey” (2005), el documental de Sam Dunn. Dunn es antropólogo, pero también metalero, y viaja por las entrañas de una música que marcó su adolescencia tratando de entender por qué ese sonido podía producir una sensación tan intensa de liberación y pertenencia. Briceño me produjo algo parecido en “Primer corte”. No está observando el metal desde afuera ni tratando de explicarlo, vuelve a meterse en una música que había sido importante para él y desde ahí recupera parte de esas pulsiones juveniles, ahora convertido en un músico adulto que finalmente puede hacer el disco que quizás alguna vez imaginó. Por eso “Primer corte” también se siente como saldar una deuda con ese adolescente que, por limitaciones técnicas o porque la vida nos llevó hacia otros derroteros sonoros, quedó perdido en alguna parte del camino.

Volver al metal no significa necesariamente volver a ser adolescente, pero sí reencontrarse con ciertas formas de sentir la música: la rabia, la fantasía, el volumen, el deseo de pertenecer y esa sensación de poder que alguna vez encontramos en una guitarra distorsionada. Quizás por eso Navaja me resultó tan cercano, pues, Briceño hizo algo que muchos de quienes crecimos escuchando metal alguna vez quisimos hacer, subir el volumen, armar una banda y comprobar que esa parte de nosotros no había desaparecido.


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