
Álbum: «Pugnello»
Artista: Gilla Band
Género(s): Rock Industrial / Rock Experimental / Noise Rock
Año: 2026
Texto por Pablo Castillo
La lectura que se le puede hacer al noise rock contemporáneo es una que no parte en esta década, sino un par de años antes cuando black midi en “Schlagenheim” (2019), Daughters en “You Won’t Get What You Want” (2018) e incluso Death Grips en “Jenny Death” (2015) no les bastaba con simplemente hacer ruido, teniendo que acudir de maneras desesperadas a otros géneros para poder expandir su propuesta sonora. Ya durante estos últimos años hemos visto como esta fusión ha rendido fruto en proyectos en alza como Model/Actriz, Mandy, Indiana o -quienes nos convocan- Gilla Band, destacando por su consistencia y su propia manera de entender el ruido.
Echarle el ojo a Gilla Band es sumergirte en una de las discografías más consistentes que el mundo del ruido nos ha ofrecido, una evolución sonora que en 2012 partía con esquemas de post-punk y que una década después rompió todos los moldes del noise rock en su trabajo más ambicioso “Most Normal” (2022). Pero estos 4 años de ausencia han sido más evolutivos que todo lo que han ofrecido en su carrera, aceptando que el neo-fascismo se apodero de nosotros y regalándonos un vistazo a cómo sonará el miserable futuro en “Pugnello”.
Pero esta última entrega de los irlandeses entra a la conversión de una manera distinta, ya no es un simple disco aficionado por el ruido y que propone cosas experimentales dentro de su repertorio, aquí tenemos un sonido único que no tiene límites de ambición, presentando una experiencia sensorial absorbida por el miedo y el desequilibrio. Y por más que esas palabras alejen a lo que pueda ser una experiencia cómoda de escucha, el disco tiene una sensibilidad pop y al baile de primer nivel, donde la repetición se convierte en el mantra de la banda y los mantiene sobre la delgada línea de la experimentación y de la música convencional.
Entonces categorizar “Pugnello” en algún género es algo mucho más complejo de lo que parece, de primera vista es una ejemplar muestra de rock industrial en el siglo 21 con las particularidades de la música techno en una noche de pesadillas dentro de una rave, donde el ruido y la producción simulan una desesperante intermitencia. Pero eso es quedarse corto, no hay que pasar por alto la prominencia del noise rock como la matriz de la banda y la razón que los mantiene firmes dentro de la industria, además de una caótica ambición que experimenta de maneras brutales las 10 vanguardistas composiciones del proyecto.
Todos los elementos que fueron presentados con anterioridad en “Most Normal” (2022) no solo fueron superados con creces, sino que fueron abstractamente evolucionados, una pieza de arte desquiciada que en su revisión histórica quedará la duda si es I.A.-pre-perfección o no, explorando cual es el límite al que puede llegar la música en formato banda, pero sin perder las estructuras clásicas del rock y de la electrónica. Una obra que solo podría existir en la época moderna, donde la inmediatez de la tecnología nos pudrió el cerebro y como castigo nos obliga a escuchar durante casi 5 minutos el mismo beat intenso en “Jacobsons”, y que bebe de la desesperación de las masas como única manera de poder expresar su posición de profeta en contra de la nueva orden mundial.
Dara Kiely y su inestabilidad mental nos regala una desesperante distopía, donde la narrativa nos sitúa en el punto de no retorno de la sociedad desafiando la cordura del oyente. Es el flujo de la conciencia trabajando de manera negativa, donde todos tus pensamientos al desnudo se topan y convergen en algo abstracto que no toma un norte claro hasta el final del disco, son solo imaginarios, colores, recuerdos, sensaciones que terminan de hacer un collage cronenbergiano y maniaco sobre todo lo que se advirtió en su disco pasado. Obligados a vivir en el peor de los escenarios, donde la coherencia no es parte del libreto y tanto nuestra privacidad como nuestros pensamientos están intervenidos.
Recopilando lo mejor/peor de la sociedad, viendo en retrospectiva como lo único que nos queda para salvarnos pero celebrando nuestra propia idiosincrasia con una toque de miserabilidad; “The wisdom of Crazy Frog / Half watching of Phantom Menace on repeat / When i grow up i’m going to be a Power Ranger”, frases inconexas que se sienten fuera de lugar o de contexto pero que arman el esquema de una mente desequilibrada, en contraste a momentos de sobriedad como “A steady structure, routine and purpose / That kind of life would be so perfect / Especially cos i’m a Schizophrenic” completando el perfil de persona inestable de una manera tan autoconsciente que llega a ser indigno.
Centrándonos en las canciones, el ritmo del trabajo es espectacular, en 42 minutos te presentan cada elemento que ha destacado en la carrera de la banda, el groove mantiene firme el tracklist y lo convierte en una caída al aire libre hacia un vacío sin fondo. Y lo que hace 10 años hicieron con “Why They Hide Their Bodies Under My Garage”, hoy lo lograron replicar de manera brillante, convirtiendo ese himno en un LP, abriendo con un corte tan visceral como “The Angelus” que es lo más cercano que hemos tenido en décadas al trabajo de Death Grips, inesperada, ruidosa y con el mejor delivery vocal de su carrera. “Placeholder” y “Giraffe” se roban el show como los singles principales del disco, siendo lo más agradable para la escucha ajena sin quedarse atrás en la experimentación y densidad que ofrecen, ambos con un quiebre electrónico que estampa el nuevo sonido de la banda.
De la mano con el track anterior, “Alogia” explora las mismas sonoridades, pero protagonizando el groove como un trance electrónico, además de la intensa declamación atenta sobre cada individuo que lo rodea. Aun así, el sello característico de la banda es lo que se lee entre líneas, mejor dicho, entre canciones, porque “Three Hand Clapping”, “Computer Sadness” y el track final “At The Gallop” son ideas tan abstractas que es imposible categorizarlas como composiciones. Ambas como una oda al ruido y a la desesperación, dándole un respiro al disco de los tracks principales, pero ahogándonos en una falsa esperanza que no se detiene nunca.
“Jacobsons” es un homenaje a los años dorados de LCD Soundsystem, con Dara dándoselas de un evil James Murphy sobre un incesante beat industrial, teniendo la tesis completa del disco dentro de estos 5 minutos. Un sin sentido de palabras que son más autoconscientes de lo que uno cree, llenos de rabia y depresión que guían hacia un final disonante y aterrador. “Frankie Teardrop” estaría orgulloso de ti. Por otro lado, “The Megazord” y “Crisp Pop” son ambos puntos centrales del disco y el pináculo de la locura, locomotoras imparables que inhalan y exhalan violentamente, absorbiendo todo una vez ya pasó por encima tuyo. Mi “dream blunt rotation” para una noche en la Blondie y el montaje perfecto de industrial dentro del trabajo.
Así se debió sentir Brian Wilson cuando escucho todas sus ideas, sus miedos y deseos en “Strawberry Field Forever”, porque todo lo que Gilla Band proyectó en su cuarto disco de estudio es lo que siempre he anhelado. No estoy seguro de haber entendido por completo este trabajo, y creo que jamás lo haré, así que solo me queda pronunciarme en referencia a que significa este disco; uno de los límites más ambiciosos que ha llegado la música durante esta década, mientras que “The Lamb as Effigy” (2023) de Sprain convoca el ruido de manera miserable pero esperanzadora en busca de alguna respuesta del más allá, “Pugnello” lo hace desde la desesperanza sabiendo que ya no existe un futuro mejor. No es indiferente para nadie, será una masa de ruidos para unos o un mix bailable para otros, pero se con certeza que es la clave para entender los límites que la música ha impuesto durante este siglo. El ruido es el futuro.
Canciones esenciales: The Angelus – Placeholder – Alogia – Three Hand Clapping – Jacobsons – The Megazord – Computer Sadness – Giraffe – Crisp Pop – At The Gallop




















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