Entre discos, bandas y conciertos, hay algo que tenemos claro, existen obras que más que pertenecer a un momento determinado, parecen adelantarse a él y con ello, trascender épocas. “Reign in Blood”, tercer álbum de Slayer, pertenece precisamente a esta categoría. Cuarenta años después de su lanzamiento, sigue sonando como una anomalía que va entre lo demasiado extremo para su año de lanzamiento, lo demasiado directo para el estándar de la época y paradójicamente, todavía difícil de superar incluso cuando buena parte de la música extrema contemporánea parece haber heredado sus códigos. Pero para entender lo que significó “Reign in Blood” hay que regresar a 1986, no solamente a Slayer, sino al mundo en el que apareció, periodo en el que el heavy metal vivía entonces una contradicción. Por una parte, comenzaba a adquirir una presencia cada vez mayor dentro de la industria musical y en donde MTV se había transformado en una plataforma fundamental para la cultura juvenil y bandas como Iron Maiden, Judas Priest y Ozzy Osbourne ya habían demostrado que el metal podía alcanzar audiencias masivas. Por otra, el underground comenzaba a desarrollar una respuesta mucho más agresiva, nos referimos al thrash metal.

San Francisco, Los Ángeles y Nueva York se habían convertido en puntos centrales de una escena que funcionaba a través de casetes, revistas, conciertos y el intercambio de música entre seguidores. Metallica, Megadeth, Anthrax y Slayer estaban llevando las posibilidades del género hacia lugares desconocidos y 1986 sería precisamente uno de los años fundamentales para esa transformación mediante obras como “Master of Puppets”, “Peace Sells… But Who’s Buying?” y “Reign in Blood” aparecieron en un periodo extraordinariamente concentrado, demostrando que el thrash ya no era simplemente una manifestación marginal del heavy metal. Entre ese cataclismo, Slayer llegaba a ese momento después de “Show No Mercy” (1983) y “Hell Awaits” (1985), Pero “Reign in Blood” no buscaba continuar exactamente por el mismo camino, la intención era eliminar todo aquello que pudiera interponerse entre la canción y el impacto, en este caso canciones más breves, estructuras más directas, menos espacios para respirar y una velocidad llevada hasta un límite que todavía resultaba poco habitual y en donde además, un nombre se hacía fundamental, nada más y nada menos que el señor Rick Rubin.

Para entonces, Rubin no era el productor de metal que posteriormente llegaría a ser conocido. Su nombre estaba relacionado principalmente con Def Jam y con el desarrollo del hip-hop, trabajando con artistas como Run-DMC y los Beastie Boys. Que un sello asociado al naciente hip-hop se interesara por Slayer podía parecer una combinación extraña. Sin embargo, esa aparente contradicción terminó siendo decisiva, Rick Rubin entendió que Slayer no necesitaba una producción que domesticara su sonido, necesitaba exactamente lo contrario, quitarle el exceso y hacer que cada instrumento golpeara con mayor claridad. El resultado fue una hecatombe: Diez canciones y apenas 28 minutos de duración, en una época en que la duración de un álbum podía utilizarse como argumento de valor, “Reign in Blood” hizo precisamente lo contrario, no necesitaba una hora para demostrar nada, su duración terminó convirtiéndose en parte de su concepto, entrar, golpear y desaparecer antes de que el oyente pudiera recuperarse.

Pero el disco no apareció en un vacío cultural, el metal estadounidense estaba siendo observado con enorme desconfianza, el conservadurismo había instalado en Estados Unidos una discusión pública sobre las letras, las imágenes y los supuestos efectos de la música sobre los jóvenes, así,  el metal era presentado frecuentemente como una amenaza cultural. En ese contexto, Slayer no solamente parecía extremo, sino que además representaba exactamente aquello que buena parte de sus detractores consideraba peligroso.

Pero reducir “Reign in Blood” a su polémica sería cometer el mismo error que reducirlo a su velocidad, porque lo verdaderamente revolucionario estaba en otra parte. Slayer consiguió transformar una serie de influencias en un lenguaje propio. Dave Lombardo convirtió la batería en una fuerza casi física, Kerry King y Jeff Hanneman construyeron riffs que parecían no buscar simplemente melodía, sino tensión y claro, Tom Araya transformó la voz en otra capa de agresividad. El impacto fue inmediato, el álbum pasó rápidamente de ser una producción de una banda extrema a transformarse en un punto de referencia para una generación de músicos que todavía estaba buscando hasta dónde podía llegar el metal y ahí esté la verdadera importancia de “Reign in Blood”. Su influencia no se limitó al thrash, sino que logró abarcar al death metal, black metal, grindcore y buena parte de la música extrema que encontró en Slayer una demostración de que era posible llevar la agresividad mucho más lejos sin abandonar necesariamente la precisión musical. El disco ayudó a establecer una idea que hoy parece evidente, pero que en 1986 todavía estaba en construcción, es decir, brutalidad, rapidez y complejidad al mismo tiempo.

Cuarenta años después, el contexto cambió completamente, ya no existen las mismas barreras entre underground y mainstream, la música extrema puede encontrarse en segundos en internet, la velocidad dejó de ser una rareza y las técnicas que alguna vez parecieron imposibles se convirtieron en parte del lenguaje habitual del género, pero sin embargo, “Reign in Blood” sigue funcionando. Por eso resulta particularmente significativo que Slayer haya decidido regresar a los escenarios en 2026 para conmemorar sus cuarenta años, recuperando el álbum completo en vivo. De esta manera, la banda que había anunciado su despedida de los escenarios en 2018 y realizado su último concierto de aquella etapa en 2019, vuelve para seguir demostrando la importancia de su sello y lo fundamental que puede ser un disco, incluso cuarenta años después.

Lista de canciones:

1. Angel of Death
2.
Piece by Piece
3. Necrophobic
4. Altar of Sacrifice
5.
Jesus Saves
6. Criminally Insane
7. Reborn
8. Epidemic
9. Postmortem
10. Raining Blood

Slayer vuelve a Chile después de siete años para presentar esta obra maestra completa el próximo 10 de diciembre en Estadio Santa Laura con la compañía de Kreator y los nacionales Criminal. Entradas disponibles en Ticketmaster. Produce Lotus.


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