
Álbum: «Solaris»
Artista: The Ocean
Fecha de lanzamiento: 25 de septiembre de 2026
Género (s): Metal Progresivo / Post-Metal
Texto por Catherine Guichard
The Ocean vuelve con este disco que, más que una lista de canciones, es un viaje a lo desconocido. Después de “Holocene” (2023) y de una profunda reconfiguración de su formación, la agrupación berlinesa regresa con un álbum que no solamente inaugura una nueva etapa en su trayectoria, sino que parece preguntarse qué significa continuar explorando cuando ya no queda demasiado territorio conocido.
Desde su nombre, inspirado en “Solaris”, la monumental obra de Stanisław Lem y, particularmente, en la adaptación cinematográfica de Andrei Tarkovski de 1972, el álbum desplaza el interés de The Ocean desde las profundidades geológicas de su ciclo anterior hacia una dimensión cósmica y filosófica. Pero el espacio exterior es aquí apenas el escenario de una cuestión mucho más terrestre, nuestra necesidad de descubrir, conquistar, comprender y, eventualmente, destruir aquello que encontramos.
Es una premisa que le sienta extraordinariamente bien a una banda cuya música siempre ha entendido la pesadez como algo más complejo que una acumulación de decibeles.
“52°30’11″N, 13°26’12″E” abre el recorrido desde una coordenada geográfica (Berlín) y lo hace con una brevedad sublime. La celesta y las texturas ambientales establecen desde el comienzo una sensación de tránsito, como para abandonar el punto de origen para emprender el viaje.
Entonces aparece “Departure Song” y la palabra “departure” resulta especialmente apropiada. La canción cuenta con guitarras expansivas, cambios de intensidad y una arquitectura progresiva que permite que la tensión se acumule antes de liberar toda su fuerza. La banda sigue siendo pesada. Simplemente ha aprendido a hacer que el vacío también pese.
“Light Pollution” profundiza esa sensación mediante una combinación de atmósferas electrónicas, crescendos y una dinámica que alterna contemplación y devastación. El concepto de contaminación lumínica adquiere una resonancia particularmente sugerente dentro de un álbum obsesionado con observar el cosmos. Incluso cuando levantamos los ojos hacia las estrellas, llevamos con nosotros el ruido de la civilización. Pero es en “Simulacra”, con sus más de diecisiete minutos de duración, donde Solaris alcanza su verdadera dimensión progresiva. La banda construye una pieza que parece funcionar por estratos. Las texturas se superponen, las voces aparecen y desaparecen, los instrumentos se repliegan para posteriormente recuperar toda su magnitud. Y ahí adquiere relevancia la nueva formación.
La salida de varios integrantes de la etapa de “Holocene” podría haber significado una fractura definitiva. En cambio, Robin Staps reconstruyó The Ocean alrededor de músicos procedentes de distintos países, incorporando a Enrico Tiberi y Lane Shi en las voces, además de Emmanuel Jessua, Marco Gennaro y Jordi Farré. Tiberi aporta una dimensión melódica y musical particularmente amplia, incluyendo piano, celesta, Rhodes y Hammond, mientras que Lane Shi introduce una cualidad vocal mucho más experimental, capaz de funcionar como una textura adicional dentro de la composición. El resultado es una banda que conserva elementos reconocibles de su pasado, pero que ya no parece intentar reproducirlo.
“Belligerence” representa quizá la expresión más física de esta nueva encarnación. Sus cambios de intensidad convierten la canción en una suerte de enfrentamiento entre expansión y colapso, entre la fascinación por lo desconocido y la violencia inherente al acto de apropiárselo. El álbum establece paralelos entre la exploración espacial, las expediciones históricas y la figura del explorador como arquetipo; aquel que abandona lo conocido en busca de respuestas, pero que también puede terminar transformando el descubrimiento en conquista. La pregunta deja de ser simplemente qué encontraremos allá afuera y comienza a ser qué clase de seres somos nosotros cuando encontramos algo que no nos pertenece.
“Ultima Esperanza” constituye, en ese sentido, uno de los momentos más conmovedores del recorrido. El título remite a la provincia chilena de Última Esperanza, en la Patagonia, y funciona como una especie de retorno simbólico a la Tierra después del viaje cósmico. La elección resulta hermosa precisamente por su contradicción. Después de mirar hacia las estrellas, el viaje termina en el extremo austral del planeta. Y el disco vuelve a comenzar a cerrarse sobre sí mismo.
“Milk of My Dreams” introduce una tonalidad diferente, más breve y extraña, antes de que “51°28′30″S, 73°6′11″W” cierre el álbum con otra coordenada, esta vez, el punto correspondiente a la Patagonia. La misma presencia de la celesta que abría el disco reaparece al final, estableciendo una estructura circular que convierte el viaje en algo menos parecido a una línea recta y más cercano a una órbita.
No es un álbum sobre el espacio. Es un álbum sobre la condición humana proyectada contra la inmensidad del espacio. Incluso la producción contribuye a esa sensación de continuidad con la historia de la banda. Jens Bogren, responsable de las mezclas de “Pelagial” (2013) y de los dos capítulos de “Phanerozoic” (2018), vuelve a trabajar con The Ocean para otorgarle a esta nueva formación un vínculo audible con su pasado. El resultado es un álbum que mira hacia arriba para terminar hablando de nosotros. Simplemente vuelve a poner la nave en órbita.





















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