
Texto por: Franco Zurita
Fotografías por: Claudio Escalona
El Teatro Caupolicán se transformó en una cápsula del tiempo cargada de memoria, nostalgia y porque no, política para conmemorar los cuarenta años de “Pateando Piedras”, la obra fundamental de Los Prisioneros lanzada en septiembre del año 1986. Encabezado por Miguel Tapia, baterista, pilar creativo y testigo fundacional de ese sonido Sanmiguelino, el concierto superó la melancolía temporal para convertirse en un acto de comunión colectiva. A lo largo de casi tres horas de música, el recinto del coliseo de San Diego vibró con un público intergeneracional que demostró cómo los sintetizadores, las letras y todo el encanto de aquel segundo trabajo, siguen latiendo en el ADN de la cultura chilena.

La velada no escatimó en emociones ni en invitados estelares que ayudaron a engrandecer la fiesta, contando con Álvaro Henríquez, Cecilia Aguayo y Gonzalo Yáñez entre los que desfilaron para interpretar distintos himnos de Los Prisioneros. Cada clásico interpretado desde los pasajes más oscuros de “Estar Solo” hasta el estallido bailable de “Sexo” fueron el reflejo de que las cicatrices sociales descritas en plena dictadura militar conservan aún su vigencia y lejos de instalarse en un rol secundario, Miguel Tapia asumió con increíble desplante el protagonismo como frontman, recorriendo el espacio con una soltura escénica pulida por los años y arropado por una sólida banda de soporte que supo respetar la crudeza original de los arreglos.

La carga política, ineludible al hablar del cancionero del trío, sobrevoló todo el recital y encontró su punto más álgido al compás de descargas visuales. Las pantallas del teatro proyectaron imágenes cruzadas de personajes de realidad, política nacional e internacional proclamando un debate que conectó de inmediato con los ánimos de los presentes y que por supuesto, fueron acompañados por señales de descontento desde la galería hasta el último rincón de cancha. Esa tensión entre el pasado de nuestra tierra y el Chile actual dotó al aniversario de una textura áspera, muy distante de aquellos homenajes institucionales, devolviéndonos a la trinchera artística de Los Prisioneros para disfrutar de su música como realmente corresponde, entre la fiesta y la resistencia.

Ya en el cierre y con un Caupolicán entregado por completo al pulso bailable y contestatario de canciones como “Quieren dinero” o “We Are Sudamerican Rockers”, quedó la incombustible sensación de que la historia de Los Prisioneros todavía sigue escribiéndose. Miguel Tapia cerró una jornada histórica celebrando no sólo celebrando un disco clave que rompió esquemas técnicos y comerciales hace cuatro décadas, sino también la resistencia de canciones que se niegan a morir. Fue, en definitiva, una noche de comunión donde los fantasmas del pasado y los del presente se dieron la mano al ritmo de los sintetizadores que ayudaron a cambiar para siempre la historia de la música chilena.





















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