Texto por: Lucas Araya

Fotografías por: Hugo Hinojosa

Dave Mustaine y su acorazado de metal pasaron por Santiago en dos fechas en el marco de su supuesta gira de despedida para demostrar que siguen siendo un huracán de potencia, energía y una tromba de riffs incendiarios sin fin. Con el Movistar Arena repleto en ambas fechas, Megadeth nos regaló otro episodio más de un romance iniciado hace más de tres décadas y dejó la puerta abierta para un “último” round real.

Una bengala en medio del pogo y un mar de gente dando vueltas como un remolino de piel, pelo y huesos mientras “Peace sells” remece el concreto y nos mueve de un lugar a otro con la fuerza tremenda en el punto cúlmine de una nueva batalla ganada por Mustaine y sus jinetes metálicos. Unos momentos antes dejó en claro que “este no es nuestro tour final”, desatando la euforia de una masa ya extasiada luego de recibir regalos más que apreciados y merecidos cuando “Angry again” o “Trust” cayeron desde el paraíso noventero inagotable. Una forma de abrazar a un público que ha estado con la banda siempre a tope desde su primera visita en 1994 y que las noches del 4 y 5 de mayo terminan por configurar una unión sólida e inquebrantable, sin importar los cambios de formación ni los líos y falacias internas. Si Mustaine está bien, todo sigue en pie, todos llegan a la misa oscura, todas las señales son correctas.

Ok, llegamos con la sensación de un fin inesperado. Repletamos el local. Lo dimos todo (y más) desde que se apagaron las luces y la figura alba y radiante del líder de Megadeth irrumpió sobre el escenario para descargar una tormenta perfecta de temazos con sus secuaces: “Tipping point”, “Hangar 18”, “Sweating bullets”, “I Don’t care” y “Dread and the fugitive mind”. La fuerza imparable de cuatro tornados unida a los afortunados fans que estaban a un costado del ring y todas las almas vibrando en cada localidad del epicentro de la reunión. Solo euforia y adrenalina en los pasillos, los asientos y en el aire. La sensación de despedida se disipó rápidamente y dio paso a la celebración de toda una vida entre nostr@s y con nosotr@s. Varias generaciones cantando, saltando y elevando los puños y los cuernos. Una fiesta real donde Cabrío abrió la senda para que Megadeth rematase al ángulo en otra jornada triunfal.

Dave Mustaine frente a un Movistar Arena a toda capacidad aplaudiendo y retribuyendo una montaña de riffs clásicos y que han marcado a cada persona que llegó en dos shows seguidos de la banda es una imagen inolvidable. Lo presencié desde la platea baja con vista parcial. Pensé que iba a ser la peor ubicación en la que he visto a la banda. Sí y no. Desde ahí pude ver toda la efervescencia y la pasión desatada con cada latigazo eléctrico. Fui parte de esa exaltación también. Una adolescente noventero viendo a Megadeth en el Teatro Monumental/Caupolicán, en un estadio o un hipódromo. Daba igual. El fuego era el mismo y estaba entre nosotr@s, más vivo que nunca.

Con una descarga final que pasó como un torbellino de decibeles, el presente fue un abrazo sin tiempo donde “This Was My Life”, “Let There Be Shred”, “Tornado of Souls”, “Symphony of Destruction”, “Peace Sells” y “Holy Wars… The Punishment” fueron las llamas enormes de un cóctel certero y eterno que confirma el legado y la realidad de Megadeth en comunión con su público.

No es el baile final. Emosido y me alegro. Que el huracán de metal  no deje nunca de girar. Nunca. ¡Será hasta la próxima, Coloro!

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