Texto por: Catherine Guichard

Fotografías: Eric Ibáñez / Chargola Prod

Hay noches especiales y el 18 de julio fue una de ellas. Mientras un sistema frontal de inusual intensidad golpeaba gran parte del país, Santiago permanecía bajo una lluvia debilitada y un frío que parecía extenderse sobre la ciudad como una capa silenciosa. Sin embargo, puertas adentro de Sala Metrónomo ocurría el fenómeno opuesto. Cientos de personas transformaban el recinto en un espacio de encuentro donde la música terminaba imponiéndose a cualquier gelidez exterior.

La segunda edición del Power of Metal Fest confirmó que existen festivales cuya relevancia no depende únicamente del cartel que presentan, sino de la capacidad de reunir distintas generaciones y vertientes del metal bajo una misma identidad. Speed metal, power, heavy clásico y death metal convivieron en una programación coherente, construida desde el respeto por la historia del género y por un público que respondió con el fervor que se merece.

Los nacionales Letalis tuvieron la responsabilidad de abrir la jornada, una tarea que asumieron con absoluta convicción. Su propuesta, profundamente arraigada en el speed metal tradicional, encontró rápidamente conexión con un público que desde los primeros minutos abandonó cualquier actitud contemplativa. El repertorio recorrió parte importante de su catálogo con interpretaciones de «Fiera de Acero», «Escupe Fuego» e «Insoportable Speed», ejecutadas con precisión y una energía que nunca sacrificó el control instrumental. Gran parte del peso del espectáculo recae sobre Jackilling Jara, cuya interpretación vocal destaca por su amplitud de registro y una proyección que conserva claridad incluso en los pasajes más exigentes. A ello se suma una banda cohesionada, capaz de sostener un ritmo constante durante todo el set y proyectar una identidad que comienza a consolidarse dentro de la escena nacional.

La posta quedó luego en manos de los argentinos Azeroth, quienes aportaron un cambio de atmósfera sin romper la continuidad del festival. Su propuesta se sostiene sobre la experiencia acumulada durante décadas y una ejecución donde cada integrante entiende exactamente el espacio que ocupa dentro de las composiciones. Desde la apertura con «Condena Eterna», «Y sus máscaras caerán» y «Senderos del Destino», el grupo desplegó un repertorio que equilibra melodía, potencia y oficio. Destacó particularmente el trabajo del bajista Fernando Ricciardulli, que adquiere un rol protagónico, articulando buena parte de las transiciones armónicas con un sonido profundo y perfectamente definido. Por su parte, Ignacio Rodríguez mantuvo una comunicación constante con la audiencia, agradeciendo la recepción del público chileno. La insistencia del público terminó provocando un encore espontáneo, evidencia de una presentación que logró trascender el tiempo originalmente asignado.

Cuando las luces volvieron a apagarse, bastó el primer acorde para comprender por qué Riot V continúa ocupando un lugar privilegiado dentro de la historia del heavy metal. Más allá de los inevitables cambios de formación y del paso de los años, la banda conserva intacta esa capacidad de transformar composiciones con varias décadas de existencia en piezas absolutamente vigentes.

La aparición de Donnie Van Stavern, celebrando con una botella de tequila en la mano mientras saludaba al público, resumía el espíritu de una agrupación que entiende el escenario como un espacio de celebración antes que de solemnidad. A partir de allí, clásicos como “Thundersteel”, “Fight or Fall”, “Warrior”, “Road Racin” y “Swords and Tequila” fueron recibidos como himnos. En el aspecto estrictamente técnico, Riot V ofreció probablemente uno de los sonidos más equilibrados de toda la jornada. La mezcla permitió distinguir con claridad cada instrumento, mientras el trabajo de las guitarras conservó el carácter melódico que siempre ha definido a la banda sin perder potencia.

Uno de los puntos de mayor interés era observar en directo la incorporación del nuevo vocalista Valentino Francavilla. El italiano superó ampliamente las expectativas. A pesar de reconocer durante el concierto que atravesaba un cuadro de afección a la garganta, mantuvo una interpretación consistente, afinada y con suficiente potencia para afrontar un repertorio especialmente demandante. Más que intentar imitar a sus predecesores, Francavilla aporta una personalidad propia que comienza a integrarse de manera natural al legado de la agrupación.

El cierre quedó reservado para los neerlandeses Pestilence, responsables del cambio más radical de la noche. Si Riot V representaba la tradición melódica del heavy metal, la banda liderada por Patrick Mameli llevó la propuesta hacia territorios donde predominan la complejidad rítmica, las estructuras impredecibles y una permanente tensión.

La apertura con “The Secrecies of Horror” bastó para modificar completamente la dinámica del recinto. Los primeros círculos de mosh aparecieron de forma casi inmediata mientras el cuarteto desplegaba una ejecución de enorme precisión, donde los cambios de tempo y cada pasaje disonante encontraba una respuesta exacta entre los músicos. Mameli continúa siendo una figura magnética. Su presencia escénica no depende de grandes gestos, sino de la autoridad con la que conduce cada composición. Temas como “Resurrection Macabre”, “The Trauma” y “Land of Tears” confirmaron por qué Pestilence sigue siendo una referencia obligada dentro del death metal técnico.

El cierre con “Out of the Body” puso punto final a una presentación que dejó la sensación de haber asistido a algo más que una sucesión de conciertos. Fue una demostración de cómo distintas generaciones y escuelas del metal pueden coexistir en un mismo escenario sin perder identidad.

La segunda edición del Power of Metal Fest terminó consolidándose como uno de los encuentros más sólidos del circuito nacional. No solo por la calidad de sus invitados, sino por una curaduría capaz de construir un relato musical coherente desde la apertura hasta el último acorde. Afuera seguía haciendo frío. Dentro de Sala Metrónomo, en cambio, quedó la certeza de que algunos lenguajes musicales sobreviven precisamente porque continúan reuniendo personas dispuestas a compartir una misma experiencia, incluso cuando todo alrededor parece invitar a quedarse en casa.


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