Texto por: Lucas Araya

Fotografías: Joselyn Heyden

La banda argentina trajo todo el sonido de la naturaleza y las búsqueda ancestral a Santiago para desplegar su aura mántrica y fusionarse con el público que repletó la Sala Metrónomo en un rito lleno de danzas, trance y escapes hacia cumbres sónicas.

Un paseo inmortal

Los Shmiks iniciaron la jornada con una descarga de Dub, mantras sonoros electrificados y breves haikus que reverberaba como ecos tutelares, tejiendo un manto sutil para elevarse y perderse en el humo. En medio del viaje, Mariana Montenegro subió al escenario para unirse a la banda en una versión volátil de «El tren», antes de llegar a la estación final de un trip certero. Una previa precisa al salto mayor.

La peregrinación profunda de Los Espíritus

Cuando las siluetas de los cinco músicos atravesaron las luces, la sala completa estalló en un cálido aullido para recibir el sonido orgánico de la banda, aceptando la invitación a elevarse y flotar sobre una alfombra mágica hecha de ritmos hipnóticos y un bombeo constante que nace de la batería y las percusiones, líneas de bajo constantes que siguen los latidos ancestrales y guitarras se expanden como viento salvaje y tierno.

Los Espíritus y su expedición por parajes naturales fue ascendiendo por sendas que llevaban a todos quienes estábamos ahí en una unión para sumergirse en paisajes oníricos en forma de canciones llenas de frases sagradas y un misticismo silvestre que fluyen entre la jungla, el desierto y el cemento urbano, generando una comunión perfecta, una excursión de los sentidos donde «La Montaña», «El viento» y «Huracanes» conviven con «Calles rotas» y «Av. Calchaquí», la descripción de una vida mágica, un rito sin fin.

La vibración potente de la música de Los Espíritus fue también una invitación al baile individual y grupal, donde cada cuerpo seguía su propio instinto en una ceremonia llena de piel, sudor y susurros en alto volumen para recibir la descarga de las melodías y coplas de temones como «Jugo», «Las armas las carga el diablo» o «Vamos a la luna», todo en un salto final hacia la cúspide de las noches de verano en un otoño que gira junto a la rueda que mueve al mundo en esta esquina del universo. Una cita perfecta con el aliento espiritual. Un bálsamo para las almas en el huerto urbano pre-crucificción de fin de semana largo.

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