Texto por: Franco Zurita

Fotografías por: Hugo Hinojosa

El rap chileno ha sabido convertir las propias experiencias en palabras y rimas. El hogar, lo que se aprende y se vive en la calle, las heridas de una familia, la rabia de crecer en un país que muchas veces obliga a endurecerse antes de tiempo y tantos otros conflictos presentes en la vida. Desde ahí, se entiende buena parte de la historia de Ana Tijoux y también el lugar que La Brígida Orquesta ocupa hoy dentro de esa misma tradición. Ana llegó cuando el hip-hop todavía estaba buscando cómo contar la historia de nuestro país y terminó convirtiendo su propia biografía en parte de este movimiento colectivo. La Brígida apareció mucho después, cuando las puertas ya estaban abiertas, sin embargo, decidió agujerear la pared para construir su propia forma de entender el rap: Con una orquesta dispuesta,  introdujo jazz donde antes había beat, puso bronces en lugar de samples y encontró en Matiah Chinaski, una voz capaz de hacer que una conversación nocturna y clandestina, nos hiciera reflexionar en medio de la niebla mental. Dicho esto, la noche de ayer en Coliseo, estas dos historias se encontraron y lo hicieron de la única manera que realmente importa y como mejor lo saben hacer: haciendo música.

La noche era fría, pero no fue impedimento para los cientos de fanáticos que repletaron el teatro desde temprano para presenciar este crossover del hip-hop local. Después de una prudente espera que parecía contener la ansiedad acumulada, las luces bajaron y Ana Tijoux en medio de los beats de DJ Dacel y, por supuesto, los aplausos de todos los presentes, se apoderó con una autoridad única de todo el escenario. “En La Mira” fue la primera bala de una noche que recorrería joyas de toda su trayectoria, desde Makiza hasta VIDA (2024) y otras sorpresas, hicieron de la noche, algo íntimo y especial. En concordancia con esta sensación, “A veces” junto a Hordatoj con Dacel empuñando las rimas del rapero, llenó de fragilidad el teatro para aterrizarnos en otra época. La melodía inicial de “La Rosa de los Vientos”, dobló el espacio tiempo para ser coreada por todos los presentes en una canción que dejó de pertenecer a Makiza para ser el soundtrack de más de una generación -rapera o no-. Una pieza que vive, respira y sobrevive por lo que logró inspirar y porque el sentimiento aún sigue siendo el mismo. 

«Shock» alteró la calma del teatro. Con una afilada presentación, el peso de las palabras hizo levantar cada uno de los puños en son de protesta para luego, adentrarnos en «1977». En la memoria de Ana, de esa adulta, esa niña que nació fuera de Chile y que construyó su identidad entre destellos de esperanza y rebeldía. Pero no solo se trata de Chile, sino del mundo, porque “Somos Sur” también se hizo presente como geografía, rapeando la rabia de nuestro continente más allá de las fronteras. La última pieza de la noche, «Niña» llevaría  las rimas hacia un lugar más íntimo tras todo el ruido de su incendiaria presentación. Un cierre más personal pero congruente con la esencia de la reina del rap chileno.

Tras esta primera parte la pausa duró lo suficiente para reconfigurar el escenario y llevar a cabo el acto final de la noche. Pasada las 21:30, la silueta de los once individuos que componen La Brígida Orquesta, se dejaron ver entre la sombras para dar rienda suelta a esta maquinaria oxidada de jazz de cantina y rimas callejeras . «A la Medida» fue la primera pieza en este repaso de una orquesta al servicio de la palabra con una violencia, un tanto elegante. “Tue Tue” abrió aquellas charlas y cuestionamientos nocturnos mientras los bronces se movían en medio de las rimas que dibujaron el destino del próximo relato. “Caramelo” siguió esta extraña ruta pictórica en medio de imágenes davincianas y luces que intensificaron la experiencia hasta desembocar en el desahogo de “Canciones Viejas” frente al paso y el peso del tiempo.

Tras un muy breve receso, obviamente y como tenía que ser, Ana Tijoux se tomó el escenario para acompañar a La Brígida en un bloque que recorrió tanto sus colaboraciones, como arreglos de composiciones propias de la artista. Con la suave voz de Ana y en un sutil y perfecto francés, “Acaecer” inició este viaje encontrándose y fusionándose entre la orquesta para una interpretación sublime. “Calaveritas” llevó esta unión hacia un lugar más corporal y la lucha de clases, se hizo presente con “En Paro” levantando el puño y la voz ante la provocación de estas dos fuerzas musicales.



Con el fuego en la sangre, en los bronces y ya en el tramo final de la noche, La Brígida continuó su recorrido en solitario dejando entrever el hastío y la crudeza callejera con “Elba Surita” de la magistral obra del mismo nombre de Matias Chinaski acompañada por supuesto de un suspicaz arreglo orquestal. El cierre definitivo llegó con “Balada para un Caminante” empujando la melancolía y la incertidumbre para escapar de las exigencias banales de esta sociedad y coronar con “Que tan arriba”, cerrando así la noche y conectando con lo verdaderamente genuino frente a esta realidad cotidiana y artificial. 

Una noche difícil de reducir a una sola frase. Porque hubo mucha historia sobre el escenario. La de Ana, con décadas escribiendo desde la rabia, la memoria y la identidad, y estaba la de La Brígida Orquesta, quien convirtió una orquesta de jazz en una criatura mutante de barrio que encontró en el rap la manera de divagar y decir una que otra verdad. Una noche magistral y una noche verdaderamente clandestina.

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