
Texto por Franco Zurita
La resurrección de My Chemical Romance y su gira «Long Live The Black Parade» no es simple nostalgia ni mucho menos, algo que la industria se esperaba. Es, en cambio, una de las puestas en escena más cínicas, brillantes y perturbadoras de la historia del rock moderno. Si en el 2006 el desfile era una catarsis espiritual sobre el dolor y lo frágil de esta vida, en esta nueva encarnación se ha transformado en un mecanismo de control totalitario bajo la sombra del régimen ficticio de Draag. La banda ha dejado de ser la voz de los marginados para interpretar el papel de la “Banda nacional de una dictadura inmortal» (His Grand Immortal Dictator’s National Band»). El concepto de «larga vida» deja de ser solo un deseo para convertirse en un mandato estatal: el desfile no ha muerto porque el sistema no permite que lo haga, utilizándolo como una herramienta de propaganda para anestesiar a las masas con un pasado glorioso ahora domesticado.

Musical y visualmente, el concierto se desarrolla como un acto de reeducación política. La estética romántica de antaño ha sido reemplazada por un brutalismo de hormigón pálido y uniformes de una pulcritud aterradora, que evocan más a un régimen militar que a una ópera rock. Hay algo profundamente inquietante en ver a Gerard Way, un artista que siempre ha personificado la libertad y el caos, esta vez actuando bajo la vigilancia de figuras autoritarias sobre el escenario, sugiriendo que la banda misma es rehén de su propio legado. Esta narrativa, aunque rebuscada, podría unirse con el universo de lo “Kilijoys” (personajes del cómic de Way y Shaun Simons quienes pelean en contra de una gran corporación), insinuando que los rebeldes han sido finalmente capturados y obligados a vestir de nuevo sus viejas galas, sino que lanza una crítica mordaz a cómo la cultura de consumo absorbe la rebeldía para convertirla en un producto seguro y empaquetado.

Y aunque fue criticado por algunos medios por la “crudeza” y por retratar una ejecución como parte de la narrativa de la historia, la genialidad de este concepto reside en su coherencia con la esencia de My Chemical Romance, quienes como siempre, han sido maestros del drama y la teatralidad. Sin embargo, aquí no hay drama sino un duro golpe de realidad y la interpretación del álbum en su totalidad dentro de este marco de opresión, obliga al espectador a cuestionar si está celebrando una obra maestra o si está siendo partícipe de una simulación controlada por «El Dictador». Solo cuando el régimen parece resquebrajarse y Gerard Way y compañía abandonan la rigidez del guión, el público experimenta la verdadera liberación para dar larga vida al desfile de negro. «Long Live The Black Parade» es un espejo deformante de nuestra propia realidad, donde la memoria es manipulada y la música se convierte en el último campo de batalla entre la obediencia y la verdadera identidad.

Este 28 y 29 de enero, nos someteremos al régimen impuesto por Draag quienes utilizarán el Estadio Bicentenario de La Florida como campo de concentración para el regreso de My Chemical Romance después de 18 años de su debut en nuestro país, en esta ocasión en su primer estadio y por partida doble.
Las entradas están agotadas.
Produce: Lotus.





















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