
Texto por: Lucas Araya Araya
Fotografías por Claudio Escalona
En el marco de la celebración del aniversario de los 45 años de la publicación de «Alturas de Machu Picchu», Los Jaivas se presentaron en un repleto Teatro Caupolicán para interpretar su icónico álbum en su totalidad entre imágenes de su viaje a la ciudadela Inca, la grabación del álbum en Europa, las pinturas de René Olivares y las animaciones que han iluminado el Planetario de Santiago, coronando la noche con sus clásicos inmortales y sorpresas sonoras como un regalo de festejo con su público y el amor chorreando por todas partes. Acá una crónica desde el corazón de un amor americano.

Hay que celebrar, hoy más que nunca. Abrir los ojos y ver el aire, abrazar a lxs afectos, amar la música, repletar los teatros, cantar, aplaudir, bailar, estallar de amor al unísono. La fiesta se mueve con gracia a 45 años de la unión perfecta de la música de la banda con la magia y el aura misteriosa incaica resumidas en las palabras de Neruda y resignificadas en las voces y la sonoridad de Los Jaivas.

Los palcos se copan de a poco. La gente en sus sillas en la cancha, en la galería, en todas partes son recibidas por el sonido de pájaros, del viento, de la inmensidad en los parlantes. La oscuridad cae, los aplausos y gritos resuenan. Tres diablos danzan con una luz circular como guía. El universo gira en las pantallas y la banda aparece sobre el escenario en un blanco reluciente y luminoso. Las trutrucas reverberan abriendo el camino para que el piano dibuje las nubes y así traer las alturas al teatro. Los versos del poeta crecen en las voces de Los Jaivas. La poderosa muerte avanza vistiéndose de una vida mágica para festejar con nosotrxs. El peso de los cueros y el brillo de los platos anuncian que el sonido está completo. Se inicia el viaje por las 7 estaciones de Alturas de Macchu Picchu, todo acompañado por relatos, historias y recuerdos. El Gato vuelve a cantar y su rostro y el de Gabriel se suman a la fiesta. Uno más de los muchos regalos que vendrán (sonarán piezas todavía inéditas de la creación monumental del grupo. Canciones como “Ruinas”, “Corte incaica” y “Caminos” llegan como precedentes de lo que luego sería la creación sonora y estética del álbum que celebramos ahora y siempre). Gracias a la vida, a su vida.

Cada canción del disco sube como enredaderas en las torres sagradas del tiempo y las imágenes que giran, se elevan y estallan en las pantallas nos llevan en un viaje compartido. Nacer y renacer en el tiempo subterráneo, como ríos encerrados, como tigres siderales en la jungla de concreto. Celestial momento. El llanto emocionado me inunda mientras Gabriel, Gato y Mario cantan en las piedras flotando sobre la formación actual de la banda. No puedo parar de llorar como un niño indígena con los párpados de arcilla húmedos y las manos sobre mi cara. Las teclas sublimes de Claudio diseñan un puente para que las imágenes de “Final» abran la puerta hacia lo infinito y el silencio se apague por un segundo imperecedero.
Aplausos de pie. Amor en el aire y la vida.
La segunda parte del festejo es un vuelo por la historia musical de esta tierra y de la propia existencia. Un juego imaginario en el cual “Mira niñita”, “Arauco tiene una pena”, “La conquistada”, “Aconcagua” y “Mamalluca” cobijan momentos que llegan hasta el centro del corazón, el gran sitio interno que se transforma en un instante trascendental en cada nota, en cada lágrima, en cada recuerdo. Toda una vida juntos, toda una historia compartida y musicalizada con los colores del afecto más puro y duradero. Los Jaivas son lo inmortal del mundo.

La existencia ha sido buena, generosa, maravillosa, pero también ha sido cruel y se ha llevado a otro plano a seres esenciales, pero ellos siguen existiendo en el circuito virtuoso de esta narrativa sin fin. Es así como hay un espacio para recordar y homenajear al gran René Olivares, el artista que hizo posible que la música de la banda se pueda ver, como apunta Juanita Parra justo antes de anunciar la interpretación de “Hijos de la tierra” junto a Gaspar Olivares (nieto de René) en el acordeón para completar y decorar una pasaje más de este cuento maravilloso antes de correr desde la cordillera al mar con un pregón con todo el mundo de pie para brillar como velas danzantes con “Todos juntos” en el punto preciso de unión total en el cierre de la celebración de Alturas de Macchu Picchu, la cual es, en realidad, una ceremonia para vitorear, amar, cantar, bailar y vibrar con Los Jaivas, ahora y siempre.
En mi propia galaxia pienso que hace 45 años comenzó mi periplo personal, los mismos años que las canciones del disco que vine a celebrar han existido en el sonido cósmico y me doy cuenta de que toda la vida tiene música, tiene magia, tiene alturas, tiene lo que ellos pudieron crear en un momento que nunca se acabará. No mientras yo esté vivo, lo aseguro.
Gracias por tanto.





















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