
Texto por: Franco Zurita
Desde cierta perspectiva, no hubo un solo David Bowie. A lo largo de toda su existencia, sus
identidades se convirtieron en un desfile de fantasmas luminosos que tomaban turnos sobre el
escenario. Fue el “Duque Blanco”, “El hombre de las estrellas”, “El poeta triste de Berlín” y el
“Andrógino” del relámpago en el rostro. Pero detrás de este caleidoscopio identitario, latía un núcleo
constante e inmutable: la necesidad imperiosa de escapar, de usar el arte como un cohete a
propulsión para huir de la gravedad de lo cotidiano.

Su carrera fue una verdadera constelación. Un mapa de sonidos e identidades dispersas que
formaron una galaxia profundamente coherente. Desde el folk psicodélico de “Space Oddity” hasta
el glam rock revolucionario de Ziggy Stardust, que no solo cambió la música, sino la misma idea de
la masculinidad y la teatralidad musical. Fue el profeta del soul en “Young Americans”, el
explorador sonoro de paisajes distópicos en la trilogía berlinesa junto a Brian Eno y la estrella
irresistible del pop en “Let’s Dance”. Cada reinvención era una migración existencial hacia una piel
que él mismo forjaba, habitaba y finalmente, abandonaba.

Pero Bowie construyó más que sus personajes, habitó mundos con la destreza camaleónica de su
voz y su particular mirada, observando más allá del horizonte; oliendo las corrientes subterráneas del
arte, la moda y la tecnología. Su silencio en los años 2000 fue otro de sus actos magistrales sólo
eclipsado por “The Next Day“ el año 2013. Pero tres años después, fue “Blackstar” lo que selló
para siempre su mitología. En este disco, Bowie como el gran ilusionista que es, se enfrentó al gran
umbral y lo convirtió en su obra definitiva, sellando su último testamento con una elegancia trágica y
sublime, enseñándonos que la muerte, también, puede ser un acto de creación.

Por eso, a pesar de aquel fatídico 10 de enero del año 2016, David Bowie, el Duque Blanco o como
quieran llamarlo, siempre ha permanecido con nosotros. Es el ruido estático entre estaciones de
radio, el brillo de las lentejuelas en medio de la bohemia o el susurro conmovedor en un oído
dormido. Fue un agujero negro de creatividad, un sol cuya gravedad aún distorsiona el espacio a su
alrededor, atrayendo hacia sí, todo lo que anhela ser distinto, libre y brillantemente extraño. Se
desintegró en el universo que ayudó a imaginar, y ahora su esencia es el polvo del que están hechos
los sueños más audaces.

El hombre que cayó a la tierra, finalmente, se esparció por toda la eternidad.
A la memoria de David Bowie tras 10 años de su muerte.





















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