Texto por: Daniela Guzmán

Fotografías por: Hugo Hinojosa

A veces se baila para celebrar y otras para sobrevivir. A veces se llora de tristeza, pero también de emoción, nostalgia o felicidad. La noche del sábado 29 de agosto, Álex Anwandter reunió todas esas posibilidades en un mismo lugar para celebrar veinte años de trayectoria: una fiesta en la que bailar y llorar no fueron acciones opuestas, sino dos maneras de recorrer su historia musical.

Desde antes de que comenzara el espectáculo, el ambiente evocaba la espera de una noche de fiesta en la Blondie o en alguna discoteca. Una cuenta regresiva de diez minutos aumentó poco a poco la expectación del público. Cuando el reloj marcó los últimos diez segundos, todas las voces se unieron para contar hacia atrás. A las 21:10 horas, una voz en off -que inevitablemente recordó al Señor Manguera de 31 Minutos– anunció el inicio del espectáculo. Entonces, entre gritos y aplausos, la fiesta comenzó.

Rodeado de luces y de una marcada estética retro, Anwandter apareció en un escenario sencillo, pero cuidadosamente construido. El fondo de rayas negras y blancas, las luces grises y una cámara que parecía salida de un antiguo programa de «Sábado Gigante» daban forma a un universo visual nostálgico, como si distintas épocas convivieran en un mismo espacio. Él apareció impecable, vestido con un traje gris, mientras el resto de la banda completaba la escena con atuendos en tonos tierra.

La introducción dio paso a “Bailar y llorar”, una elección que no podía ser más precisa: además de abrir el repertorio, la canción instaló el espíritu que atravesaría toda la noche. Habíamos llegado para celebrar veinte años de carrera, pero también para reencontrarnos con esas canciones que alguna vez nos hicieron bailar con el corazón roto.

La primera aparición especial de la noche fue la de Gepe, quien nos llevó de regreso a la época de Álex & Daniel con “Mundo real”. Fue el comienzo de un recorrido por las distintas etapas de una carrera que ha sabido transformarse sin perder su identidad. Luego nos trasladamos a los años de Teleradio Donoso con “Éramos todos felices”, interpretada junto a Martín del Real, guitarrista de la recordada banda.

Uno de los momentos más significativos llegó con la aparición de Roberto Márquez, líder del grupo chileno Illapu, quien acompañó a Anwandter en “Cordillera”. La canción adquirió una fuerza especial al ser escuchada en medio de nuestra realidad actual como país. Fue uno de esos momentos en los que bailar parecía la única alternativa para no llorar, aunque en esta noche ambas cosas estaban permitidas.

La versión acústica de “Shanana” contó con la participación de Ángel Parra, quien se lució en la guitarra y permaneció en el escenario para acompañar también “Vanidad”. La pausa acústica permitió respirar dentro de una noche intensa, sin abandonar la emoción ni la nostalgia que atravesaban el repertorio.

Otra aparición tremenda -y absolutamente infaltable- fue la de Juliana Gattas, integrante del grupo argentino Miranda!, quien interpretó “Maquillada en la cama”. Su presencia llenó el escenario con el dramatismo, la teatralidad y la estética inconfundible de la artista. Los músicos de la banda acompañaron la puesta en escena con movimientos de muñecos, aumentando el carácter exagerado y emocional de la canción. La colaboración, además, tuvo un sentido especial, considerando la participación de Álex en la producción del disco al que pertenece este tema.

También merece una mención especial la participación de Celeste Shaw en “Unx de nosotrxs” -interpretada originalmente junto a Javiera Mena, cuya ausencia también se sintió- y en “Mi vida en llamas”. Su presencia aportó fuerza y emoción a dos canciones que fueron coreadas con verdadera intensidad por el público, una verdadera diva.

Porque esa noche no nos limitamos a cantar: bailamos, saltamos y gritamos cada canción. Personalmente, me declaro fan absoluta de Álex Anwandter y disfruté cada instante de esta celebración. Y si alguien se pregunta si bailé y lloré, la respuesta es sí. Hice ambas cosas, a veces incluso al mismo tiempo. Porque quizás así debería ser la vida: una mezcla imperfecta de fiesta, emoción, memoria y lágrimas, siempre con una canción de fondo que nos invite a seguir bailando.

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