Texto por: Franco Zurita

Fotografías por: Joselyn Heyden

El 25 de abril quedará marcado para siempre en la memoria de muchos con el ROCKOUT 2026. Cargado al punk y a la desobediencia, vivimos una extensa jornada que avanzó sin respiro en medio de un sol otoñal, acumulando capas de ruido, discursos, pogos interminables y donde cada banda aportó desde su propia trinchera: Punk, rock, hardcore y metal como herramientas para canalizar una energía colectiva que se sostuvo durante horas construyendo como una experiencia densa, física y cargada de sentido.

Los encargados de encender las antorchas del festival fueron Mano de Obra, quienes tras una frenética y cruda presentación en Lollapalooza 2026 (lo que les valió la censura por parte de la transmisión oficial del festival), pisaron terreno hispano para demostrar con fuerza porque son el portavoz de la población. Hardcore puro, de la calle, de experiencias e injusticias que se viven en los territorios en dónde vivir, se vuelve una lucha constante. Toda esta rabia, quedó demostrada a través de los primeros cuerpos que se alzaron al mosh en compañía de la banda, pactando así, el ritual obligatorio para el resto de la jornada.

Bajo el calor asfixiante de la tarde, Tenemos Explosivos siguió bombardeando la jornada en un estallido de catarsis moviéndose entre la rabia y la melancolía. La voz de Eduardo se desgarró entre la épica y el susurro acompañado de los gritos que coreaban cada uno de los relatos. «Victoria» elevó el recinto en una especie de liturgia en donde cada riff se volvió un golpe de realidad directo a la mandíbula. «Perro de Volodia» fue otro de los cortes expandiéndose como el fuego en una exhumación sonora que nos obligó a mirar los escombros de nuestra propia historia. Un show preciso, intenso y siempre necesario para mantener viva la memoria.

Volviendo a la esencia del festival, el punk rock de raíz de Machuca se tomó el escenario para sacudir la fiesta del Rockout 2026. Entre pogos, abrazos y puños en alto la banda descargó una dosis certera de adrenalina al más puro estilo de la vieja escuela. De botas gastadas por el cemento y una energía callejera, los penquistas reventaron tímpanos sin diplomacia con una feroz energía.

A.N.I.M.A.L, los liderados por Andrés Gimenez pisaron con fuerza el escenario del festival transformando la tarde en una ceremonia de resistencia absoluta. «Solo por ser indios» fue uno de los himnos que desató la rabia del continente para estallar en «Revolución» quien, en medio de gritos, amplificó esa identidad latina palpitante en el pecho de todos los presentes. «Fuerzas para aguantar» fue otra de las piezas del repertorio que transformó el sudor y cansancio en fortaleza, dejando la piel ante una presentación vibrante frente al mejor metal sudamericano y de combate.

Tras la presentación de los hermanos argentinos, era el turno de parte de la historia del punk chileno. Y es que, ante la baja de Doyle por problemas logísticos, Los KK asumieron el vacío que dejó el guitarrista de Misfits para un regreso a lo grande. Con un sonido precario, crudo y directo, la banda reventó los altavoces celebrando el ruido político y contestatario de una generación local en descontento transformando la tarde en una olla de presión de distorsión y rebeldía.

Unos que ya son de la casa. 2 Minutos se tomaron el Rockout como cabezas de cartel, pero en horario matiné. Así que, entre el sol de media tarde, las cervezas encubiertas y la calidez de los reencuentros, Mosca y compañía desencadenaron su habitual ráfaga de himnos, que a estas alturas, ya son parte del cancionero nacional. Entre las bromas del Mosca y Pablo, “Amor Suicida” y “Valentín Alsina”, fueron algunos de los cánticos que se celebraron durante el festival. Canciones que nos escupen identidad obrera en medio de empujones y cuerpos sudados. La melancolía sucia de “Caramelo de Limón” pasó como un huracán dejándonos esa resaca dulce con sabor callejero y entre el clásico (y parte del ADN colectivo) “Ya nos sos igual”, 2 Minutos se erigió como el último vestigio de una completa locura. Una inyección de adrenalina, un puñetazo de realidad y una fiesta que por cada vez que la vivamos, nunca es ni será igual.

Ya en la mitad de la programación, era el turno de un regreso más esperado, al menos a título personal. Desde la lejana Euskal Herria, Soziedad Alkoholika pisaba nuevamente nuestro país para demoler, literalmente, los cimientos del Santa Laura. Con un repaso íntegro a lo más destacado de su poderosa discografía, la banda dejó en evidencia una potencia capaz de reventarnos la cabeza y sentirse en los huesos. “Sangre al fin”, fue de manera literal, un bloque de concreto aventado sobre el público quien entre la vorágine del mosh, despedazó todo a su paso. “Polvo en los ojos” surgió entre la rabia para denunciar costumbres y tradiciones absurdas y “Cienzia Asesina” hizo lo suyo para levantar la voz de los sin voz en contra de la vivisección. La masa de gente alienada ante la masacre, respiraba entre el acople y la distorsión acompañando a la banda en cada una de sus denuncias entre mezcladas con su habitual y característica simpatía vasca. “Nos vimos en Berlín” fue la última pieza que detonó el recinto abrazando la causa palestina desde hace más de treinta años, denunciando las atrocidades del sionismo y tras intentar salir de la barricada y de cumplir la misión de vivir Soziedad Alkoholika en la trinchera del frente, era momento de sumergirnos en la ternura, pero también en la rebeldía de Eterna Inocencia.

Los argentinos, que a estas alturas cuentan con cédula de identidad local, nos presentaron un set que se movió entre la emocionalidad habitual y el punk latente en sus venas, reuniendo a miles de gargantas expectantes por refugiarse en los acordes y palabras de la banda. “A los que se han apagado”, “Viejas Esperanzas” y “Nuestras fronteras” fueron el abrazo colectivo en una tarde enardecida por la rabia y el descontento convirtiéndose en un refugio de nostalgia y resistencia para protegernos de un mundo que se cae a pedazos. Una descarga de energía pura que nos erizó la piel y mantuvo toda nuestra esperanza en pie.

De vuelta en el otro escenario, otra de las grandes presentaciones de la jornada estuvo a cargo de Non Servium. La santa familia del oi! desató el caos en medio de un torbellino de sudor y bengalas mientras desde arriba, Carlos y toda la tropa, escupían desde las entrañas, himnos que levantaron a todo un movimiento. Desde “Criatura” hasta las blasfemias vomitadas en el “Imperio del mal”, la banda hizo del lugar su trinchera con una potencia inquebrantable a lo largo de todo su show. “Violencia” se erigió como un himno ineludible y como la única acción válida para ejercer en contra del enemigo y hablando de ellos, “Antinazis” levantó las voces y los puños de los presentes, tomando posición para gritarle en la cara al fascismo. Una maquinaria, un batallón que asomó con fuerza por la capital, en un momento en donde definir postura y mantenerse en pie de guerra, se torna fundamental.

La Vela Puerca, una banda de las que podría estar un poco más alejada de la esencia pura de esta edición del festival, demostraron que el punk también corre por sus venas. Los charrúas, además de convertirse en una de las bandas insignes del rock latinoamericano, cargan con la valentía y sensibilidad de cantar verdades. De rugir y explotar a través del micrófono. Porque ser punk también es eso. Es cantar y gritar como única forma de sobrevivir. “Por la ciudad” y “…Y así vivir” fueron algunas de las piezas que resonaron en Santa Laura estallando en medio de coros masivos, en una fiesta que además de demostrar su categoría, demostró que La Vela Puerca tiene más calle y más veneno que cualquier banda presente en la velada.

Ya con la noche encima de nuestras cabezas y la sensación de estar ante un mar de personas con un mismo objetivo, era la hora de uno de los números más esperados. Y es que, como cabeza de cartel, la fuerza, vitalidad y escuela de Bad Religion llegó al estadio para una clase de historia y punk rock. Y bueno, es difícil no hablar de una institución como la liderada por Greg Graffin sin caer en elogios. Más de cuarenta años de música y desobediencia que formaron a más de una generación quienes transformamos sus canciones en leyes de vida. Y es que, sin ellos, ninguna de nuestras bandas favoritas habría existido, por lo que ser testigo de su entusiasmo y entrega, sea cuando sea, es derechamente un honor. Dicho esto, y como no podría ser de otra forma, fueron otra de las grandes presentaciones de la jornada con clásicos que desfilaron su contundente trayectoria: desde “Recipe for hate”, “Do Want You Want”, “No Control”, entre otros, y por supuesto, aquellos clásicos que terminaron de posicionarlos como “Sorrow” y “American Jesus”. Todo esto, acompañado de pogos, más bengalas y una energía que parecía incombustible a esas horas de la noche.

Tras una extenuante jornada, el platillo final de la jornada fue nada más ni nada menos que el gran Evaristo. El profeta del punk, plantó sus pies en el escenario para concluir esta ceremonia subversiva, vomitar verdades incómodas y molestar con la cara llena de risa. Y sin mucho preámbulo y por supuesto, cagándose en Dios, la herejía de «Salve» fue el primer descargo de su repertorio, mientras entre la multitud, las botas y el sudor del último esfuerzo convertían el momento en algo sublime. En medio del ruido, Evaristo se paseó como un director, orquestando la locura mientras disparaba plegarias irónicas sobre la nueva esclavitud en «Esclavos del siglo XXI». El veneno de The Kagas llegó con«Come Libertad», desencadenando la anarquía a lo largo de todo el set, el cual concluyó con el himno «Ellos dicen mierda» de La Polla Records hundiéndose en un grito masivo que se apoderó de todo el recinto. Una explosión de rabia y la nostalgia de cantar frente a cientos de voces gritando a los cuatro vientos que, pase lo que pase, nosotros seguiremos aquí abajo.

Y así, tras el último pogo de la noche, a pesar de que el desgaste era evidente, nadie estaba realmente listo para irse. Entre el sudor, el zumbido en el oído y las últimas voces coreando lo vivido, Rockout 2026 dejó esa sensación de haber atravesado una verdadera experiencia. Una llena de rabia, rebeldía y música ideal para musicalizar estos tiempos oscuros.

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Zumbido.cl

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