Texto por: Lucas Araya

Fotografías por: Claudio Escalona

Un encuentro monumental de tres emblemas del rock hecho en Latinoamérica encabezado por el invencible Beto Cuevas y que tuvo a Aterciopelados y a Claudio Valenzuela como compañer@s en un viaje por más de tres décadas de amor a la música con sabor a café, vino y tierra fértil bajo la premisa de que la unión es la clave para seguir abriendo sendas y rutas. Una noche memorable.

Acá la crónica de un niño noventero.

Llegar al Parque O’Higgins a ver música en vivo es ya casi una rutina feliz. Ya de noche, con batucadas a un costado, con los jardines tapiados luego de la temporada de festivales. De a poco aparecen los pañitos con merch, los puestitos de micheladas y mojitos, lo ñs carritos con comida, los parlantes dónde suena La Ley o Lucybell, personas que compran y/o venden entradas. Un montón. Lo único que no aparece en masa es el público. Se siente raro. No es temprano, no es tarde. Entro sin problemas ni pausas. Me ubico en mi sector que no está completo. El escenario está al medio de la cancha. Asientos abajo, mantos negros arriba. Murmullos, aplausos y silbidos. Se apagan los pocos a la hora señalada. Somos pocos. Somos los que somos. Comienza el show.

Eternas sombras luminosas 

Claudio Valenzuela y su rojo intenso como iluminación entra a escena en el amanecer de la noche. Con una mezcla de sonidos electrónicos, el futuro presente aterriza y nos cobija en un manto donde las guitarras distorsionadas y la voz de terciopelo de Valenzuela muerden con ternura los frutos de su aventura solista y los manjares de sus mil caminos con Lucybell. Una montaña eléctrica de lava brillante y tibia para cerrar el set corto y preciso con un dueto junto a Beto Cuevas y «Milagro». Junta épica.

Florecitas en la jungla de ruido

Entre sonidos de insectos y vientos con aires marinos que emanan de las caracolas, Aterciopelados se posan sobre el escenario trayendo la selva etérea y eterna. La grandeza de Andrea Echeverry guiando el sendero al paraíso con colores vivos y su voz mágica relatando paisajes cósmicos y naturales. El edén latinoamericano va tomando forma eléctrica mientras el humo ritual asciende como ríos hechos música.

Hay rock, hay cumbia, hay rumba, hay percusiones por doquier, hay aura, esencia y unión latinoamericana. Todo calza cuando Claudio Valenzuela se une a la fiesta en una versión silvestre de «Maligno» para luego tener a Camila Moreno en «Florecita rockera” mezclando el estruendo guitarrero con ritmos caribeños. Para cuándo “Bolero falaz” arremete, ya estamos todos en el bolsito cocalero y, desde los cielos, como aves de presa, Beto Cuevas y Aterciopelados reviven la furia nocturna de “La ciudad de la furia” en un abrazo hacia la dimensión desconocida y el vuelo de Gustavo Cerati. Broche de oro de Potosí.

Un animal del escenario

Sin pausas, omnipresente y dueño del tiempo y el espacio, Beto Cuevas se gana todas las miradas y la atención  como un felino en su espacio natural para dar rienda suelta a lo más emblemático e icónico de su historia musical. Un inicio demoledor con «Tejedores de ilusión» deja a todo el mundo por la nubes para luego abrazarnos con el sonido más actual de su vuelo solista con «Respira» y «Vuelvo», uniendo las dos vertientes de su caudal artístico sonoro. Está noche está marcada por las guitarras eléctricas que brillan en un eterno retorno a casa, a su casa, a nuestro hogar. La pasión se siente en el ambiente cuando «Prisioneros de la piel» detona el local con manos al aire y cosas en las bocas.  Energía feroz. 

Llega el momento calmo donde las guitarras de palo son el oasis en el que Luis Alberto C nos regala «Fuera de mí» y le devolvemos un estribillo adornado de afecto y amor. Sigue «Mentira» como un puente entre la memoria y lo infinito y así dar paso a una interpretación colosal de «Animal» junto a Claudio Valenzuela, otra muestra de la comunión entre dos creadores máximos.  

El tramo final (aunque no lo sabemos ni esperamos) trae el poderío interpretativo de «Hombre», la desnudes y sinceridad de «Aquí” y la esperanza oscura y destellante a la vez de «Día cero» con Valenzuela una vez más. 

Lo que parece la estocada más deliciosa termina de cerrar el círculo con «El duelo» Andrea Echeverry cantando sobre el dolor, la felicidad y el amor en un torbellino de voces que suenan como un millón de estrellas estallando. Un consejo final del Beto: no sufras más. ¡Boom!

El abrazo grupal y los agradecimientos amorosos me hacen pensar que Beto Cuevas es tremendo. Un gigante. Un luchador sin descanso. Le habla al puñado de fans que llegamos a festejar treinta y tantos años de música local y continental, pero en sus palabras parece que fuésemos miles, miles y miles. Promete que estás sesiones se volverán a repetir. Le creo. Sí. Espero que sigan estos encuentros y quiero que vengan masas enormes y que cantemos, nos abracemos y que volvamos a creer que mañana es mejor, mucho mejor. Ojalá.

La unión hace la fuerza frente a los tiempos difíciles, ante la locura y el odio que dominan el mundo. Ser felices con el dolor a cuestas. Dejar el sufrimiento y abrazar la experiencia sónica, degustar el escenario, amar las canciones, resignificar el rock latino. Ahora y siempre.

Nos vemos en la próxima cita. Voy a todas.

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