
Texto por Lucas Araya
Fotografías por: Camilo González
La banda argentina tuvo un mágico reencuentro con su público fiel en el Parque Ciudad Empresarial en una noche perfecta donde la lluvia dio paso a un festín de estribillos invencibles y una fiesta transversal donde no hubo edades ni fronteras y donde las miles de voces fueron una gran familia unida en la canción primitiva que no descansa.
Buena ruta, gente
Anunciaron lluvia, tormentas, rayos y truenos, algo que solo sería el condimento ideal para una sesión de rock and roll de la mejor cepa de tradición de miles de calles y caminos recorridos y con La Renga como la lanza que marca la senda de toda la caravana.

Llegaron desde todas partes: de Recoleta, de Maipú, desde La Serena, de Mendoza, Montevideo y Buenos Aires y muchos rincones más. La cita era imperdible y necesaria. Incluso quienes se quedaron varados en la cordillera por las condiciones del clima tuvieron su chance a través de una solidaria transmisión en vivo del show (sin pánico, solo locura).
Las micros, los autos, las filas avanzando, las poleras sobre paños en el suelo, las latas vacías, las almas vibrando, el fernet con cola y hielo, el cielo gris, las nubes chocando, el ambiente creciendo. En medio de ese ambiente, Samsara abría la sesión con un puñado de canciones que se enredaban en el viento que iba y venía en una presentación que será memorable para quienes integran la banda y deleble para quienes elevaban sus vasos al aire.
Luego vino Mandrácula con su rock and roll eñejado con el paso del tiempo jugando de su lado. Una dosis de vieja escuela resistente y contagiable que supo conquistar a la masa que iba creciendo. Cantando bajo la lluvia, desempolvando canciones, abrazando el relámpago, improvisando blues y armónicas, versionando “Popotitos”, revitalizando la esencia del trío de bajo, guitarra y bata y la voz inconfundible de Pancho Rojas. Una entrada digna antes del festín más esperado.
La Renga: acá, bien alto

El viaje sin frenos de los hermanos argentinos llegó a destino. Dueños del volumen y guerreros de la pasión y la garra, desde el arranque con la voz de Chizzo abriendo la sesión y recordándonos que si estamos tod@s en la misma mesa, estamos siempre en casa para arrancar el banquete de riffs y coros inmortales mientras Tete y Tanque dibujaban los paisajes por donde se mueven los sueños.

Como un huracán sónico, La Renga arrasó con todo el ambiente de la mano de “Buena ruta hermano”, “Buena pipa”, “Tripa y corazón” y “Detonador de truenos”, uniendo distintos momentos de su historia en un puño enorme al aire, demostrando que el tiempo es impreciso cuando el espacio es el mismo de siempre: el corazón renguero.
Con un ritmo desenfrenado sin pausas, la verdadera tromba natural y eléctrica siguió su curso poderoso con “A la carga mi rocanrol”, “Al que ha sangrado”, “Hay un tirano que es para vos” (un guiño fuerte y rabioso al presente sangrante y la realidad amplificada en toda la región) y el puente preciso entre pasado, presente y futuro con “Desnudo para siempre”. Un mazazo estridente y lleno de algarabía, fundiendo las energías en un solo y gran coro tremendo.

Los mismos de siempre siguieron dando una clase magistral del mejor rock a base de historias callejeras y de ruta, tres acordes que llegan al fondo de las almas y las mentes y las palabras justas y necesarias para expresar las ideas concretas y sinceras, sin importar el origen o el momento pues con La Renga lo que viene es infinito.
Cada show de la banda es un carnaval poderoso donde la canción es siempre la reina principal. Esta noche, el set fue una caravana donde hubo espacio central para gemas como “Ese lugar de ninguna parte”, “A tu lado” y “En los brazos del sol” conviviendo con clásicos instantáneos e infaltables como “El terco”, “Lo frágil de la locura”, “En el baldío” y “La balada del diablo y la muerte” (el rojo brillantes y sin fin fue el manto ideal para esa narración infalible e inolvidable), abriendo paso así al sitial de lujo de cada encuentro con La Renga en un recorrido por los momentos más épicos que han hecho de su repertorio una bola de acero y metal un puñado de himnos que destrozan la maldad y unen las conciencias. Así cayeron como un vendaval “El juicio del ganzo”, “El viento que todo lo empuja”, “La razón que te demora” y “El final es en donde partí”, dejando en claro los orígenes del romance que cruzó los bordes imaginarios y nos unió en esta cofradía que cada día y en cada concierto crece más y más.

El tramo final del periplo fue un salto hacia alturas mayores para explotar de emoción en un mar de gargantas gigante para cantar “El revelde”, “Panic show” (el verdadero y real león incansable y siempre en combate), “Oscuro diamante” y el cierre habitual (el ritual) con “Hablando de la libertad”, alimentando a las huestes con melodías tatuadas en la piel y frases que dicen lo que soñamos decir y declamar, cerrando una noche de rock and roll del pueblo y abriendo el apetito para comenzar la espera del próximo encuentro mientras La Renga seguirá sonando en ese caminito al costado del mundo mientras buscamos la forma de volver a casa con una sonrisa entre el barro, atochamientos y una sonrisa imborrable luego de un banquete de 31 platos. Un regalo celestial y placentero.
No es maldito debido a lo perverso ni la crueldad. Este rock es maldito por ser honesto, sincero y sin fin. Es eterno. Es combativo. Es La Renga. Es del pueblo ardiente. Ahora y siempre.





















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