
Por: Lucas Araya
Fotografías: Francisco Aguilar
La banda argentina dio un show potente de casi dos horas. Una masa poderosa de principio a fin frente a un eufórico público. Una sesión de pasión, volumen y entrega total.
Ocho años tuvieron que pasar para que Divididos pisara un escenario en Chile. Un tiempo que se hizo aún más largo con una pandemia y un encierro programado de por medio. Sin embargo, el reencuentro que se dio en el mítico local de San Diego fue una constante ebullición musical y un despliegue de amor desde el primer segundo en que Mollo, Arnedo y Ciavarella pisaron el escenario.
Una hora antes, la jornada había comenzado con dos ensambles de música de raíz, pop y ritmos latinoamericanos. Laia abrieron la noche con sus paisajes sonoros y caminos para las armonías vocales con fuerza natural, subiendo como enredaderas en un jardín. Con una propuesta musical colorida con tintes su teatralidad en su propuesta, lo cual genera un ambiente de celebración, un microclima, un mundo propio entre narrativas que invitan a bailar con ritmos latinoamericanos. Media hora de un viaje musical completo.


Atricoy montó una fiesta de proyección folklórica que incluyó chamamé, malambo, zamba, cumbia y sonidos más urbanos, celebrando la vida, el escenario, la migración y la libertad. Dentro del repertorio propio del grupo también hubo espacio para homenajear a Víctor Jara con El cigarrito, y una versión de Zamba de carnaval dedicada a Divididos, tendiendo así un puente a lo que vendría minutos después.

A lo que vinimos: Divididos, la aplanadora
El trío poderoso se entregó por entero desde el primer segundo, con un saludo afectuoso frente a un teatro repleto, colmado de almas ávidas de la energía que estos monstruos del rock despliegan cada vez que toman sus instrumentos.

Lo de Divididos fue un verdadero mazazo de volumen y sonido, una erupción arriba y abajo del escenario, con un arsenal de armonías y destreza musical en alta emoción de canciones hermosas, que toman una forma impresionante en vivo, donde incluso los acoples formaban parte de la belleza. Un inicio arrollador con Cabalgata deportiva, Casi estatua, Tanto anteojo y Alma de budín, sin tiempo para pausas, un ataque con una bata que es una locomotora pirotécnica, el Cóndor Arnedo como un sólido tejedor de melodías y esa guitarra…ah, esa guitarra y su tono dulcemente electrificante de Mollo. Tres seres en ascenso durante todo el concierto enfrentando un mar de gente hasta el techo, elevad@s entre las luces y los juegos de decibeles y piruetas musicales Dos gigantes fundidos en un abrazo en el ritual de música en vivo más potente que se ha visto en lo que va de 2022.


Qué ves? Maradona, Luca Prodan, Atahualpa Yupanqui, Sandro y Pappo, todos formando parte de un resumen porteño inmortal. La pasión se respiraba como la verdad ahí dentro. Un teatro copado de gente despierta coreando La rubia tarada, un momento de euforia insuperable (hasta ese momento).
Es que la mezcla de rock, funk, blues, reggae y chacarera fue el combo vital necesario para prender fuego a una noche fría (afuera) y elevar las llamas a punta de riffs, líneas de bajo y golpes de batería al mil.

Luego de este latigazo incansable de estridencia, llegó un abrazo sin pantallas cuando Spaguetti del rock trajo la calma aparente entre la tempestad energética para unirse a Par mil para llegar hasta el rincón más oscuro de la casa con la luz del alma de las cinco mil almas que estábamos ahí, disfrutando, sintiendo, soñando, sonando y vibrando.
Huelga de hambre (con Arnedo en la guitarra eléctrica chacarera más real que hay) y El arriero demostraron que Sudamérica suda, que Sudamérica sangra (“es sangre, la que tenemos todos”), que Sudamérica vive en las palmas y en las voces, entre remolinos de piedras, resistencia y pasión con el mensaje eterno de la música de acá.

En la recta final, una descarga sónica bien arriba con clásicos del repertorio Dividido como El 38 y Ala delta para dejarse caer al vacío y remontar vuelo con Crua Chan de Sumo, la SG emulando el sonido de gaitas punzantes mientras alguien caía desde el público al pozo. Pausa. Rescate. Retomar la energía. To@os saltando. Tod@s cantando, sin importar que el bajo se desconectó. La mímica de Arnedo basta para llevar el ritmo imaginario y citar de rodillas al italiano (“Luca me desenchufó el bajo”). El final intenso y caliente con El ojo blindado entre luces dementes y dientes apretados atravesando las mentes, los cuerpos y el tiempo acelerado, todo para estallar con un amor que se respira y transpira. Explosión altamente necesaria frente a la tormenta.


Gol de concierto. Demoledor y hermoso a la vez. Una sesión apasionada, electrificante y llena de exaltación, donde estuvimos unidos en la felicidad por Divididos.
Si la normalidad es así, acariciando lo áspero en un océano intenso y volcanes de rock, quiero más, siempre más.
La aplanadora del rock se llama Divididos, la p*ta que lo parió! ¡Seeeeeei!





















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