
Texto por: Clau B. Díaz
Fotografías por Hugo Hinojosa
La noche del 16 de abril, Tata Barahona y Nano Stern, en el marco de su gira nacional “Troubadores”, desplegaron todo su talento en lo que podríamos llamar; un homenaje a la historia de la música y poesía que generó un ambiente que nos hizo viajar en el tiempo. En una mezcla entre la trova medieval y moderna, el Nescafé de las artes, por un momento, se transformó en una taberna en donde el
pueblo fue testigo del propio relato de la vida.

Pasadas las 20:00 horas, desde atrás del teatro, los trovadores, pasando por la audiencia, entran para situarse en el escenario. La tonada introductoria tenía olor a historia, como si fuese el ladrillo en el que situaría la construcción del concierto. La puesta en escena tuvo el mismo estilo; el telón detrás de cada uno de los músicos era una proyección de vitrales al estilo medieval, en donde lo palaciego de estos elementos se profanaban con imágenes: al Tata le tocó las pipas, al Nano el vino. Y así comenzó el duelo.
La primera parte del show fue un dime y diretes musical: Nano decía y Tata respondía, y viceversa. Esta improvisaba conversación entre amigos, en la cual, entre bromas y anécdotas, nos regalaron piezas como “Aún creo en la belleza”, “Recordé”, “El cantar del gallo” u “Ópticas ilusiones”, solo con guitarras, en una simpleza extravagante, cautivaron a la fanaticada que se dejaba sorprender ante la improvisada tertulia.

Entre las anécdotas, Nano introdujo la siguiente pieza musical contando que él cuando tenía unos ocho años, Tata Barahona fue a su colegio con la cofradía de teatro y música medieval Calenda Maia, suceso que quedaría marcado en el entonces ahora cantautor. Así, este dúo de trovadores, con flauta y nyckelharpa en mano nos deleitó con el que es, probablemente, el más famoso “Saltarello” —que dicho sea de paso, también lo versiona Dead Can Dance—, el cual siempre es el momento cúlmine en los conciertos de Calenda Maia, y también lo fue en el Nescafé de las artes.

Luego de este respiro, el duelo sigue, sin embargo, ahora es el turno de la audiencia elegir el concepto que definirá las siguientes canciones, el coronado fue “casa”, y gracias a este tuvimos el placer de escuchar “Dueña de casa” y “Refugio”. A pesar de este diálogo de respuestas, también hubo espacio para un sentido homenaje a la cantautora Magdalena Matthey, cantada a dueto, “Colibrí”. Eventualmente, mientras avanzaba el show se acercaba el bis, para ya cerrar la fiesta.

De vuelta al escenario, el vitral proyectado cambio: mostraba a dos trovadores al estilo medieval con la apariencia de los contertulios, algo que sacó las risas del teatro. Continuaron en solitario con “Hay helao a cien” de Tata Barahona y una canción inédita de Nano Stern, para luego unirse en “Carnavalito del cien pies” y “No le entregues el poder”. Acá la historia termina, con una fanaticada totalmente entregada al increíble show que nos regalaron estos dos músicos, dueños y custodios absolutos de la trova.

Para concluir, el recital fue completo, no sobró nada. Reconociéndose en la música y respetándose en su sonido, Tata Barahona y Nano Stern son el ejemplo más claro de lo que es el arte de contar historias: estas deben ser conversadas, habladas, compartidas y, por qué no, transformadas y discutidas. En un show que, ojalá hubiese durado más, nos enseñaron las bases del ancestral oficio del músico: siempre observando, siempre en movimiento.





















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