
Texto por Lucas Araya
Fotografías por Claudio Escalona
El proyecto neoyorquino deconstruyó el ruido y la estridencia en una ardiente sesión de olas de volumen y descargas apasionadas de energía. Un real desastre natural bestial y bello, como acople telúrico para olvidar el frío.
Acá una crónica de un dinosaurio ignorante..
“It’s good to be here”
Afuera hay fila para entrar. Al lado paños con poleras de la banda esperan. Faltan pocos minutos para la reinvención del sonido. Adentro, el local está repleto. La sala de humo es invisible. Me gustan las canciones de poliamor y me gustan esos raros peinados viejos y nuevos. La Sala Metrónomo en una pasarela de identidades ansiosas y expectantes mientras un patrón sonoro en loop abre el apetito de quienes se pasean impacientes y quienes forman una bola de nieve carnosa a punto de comerse el escenario..
Luces blancas y humo vaporizado rompen la oscuridad y Machine Girl destroza la calma aparente con un torbellino inmediato lleno de velocidad chirriante, energía desbordante y una violencia sónica increíble. Una criatura que emerge de entre las ruinas de la melodía y paraíso pop estancado.

Potencia exuberante, ritmo sincopado y arrollador abrazando el estallido que sale de los parlantes en un juego con la voz distorsionada y tres instrumentos que van rotando en una centrífuga anárquica de los límites establecidos. Una armonía poéticamente provocadora que emana de una batería monstruosa, las teclas difuminadoras y las cuerdas difusas del bajo y la guitarra, haciendo juego con la vocalización gutural alterada y desfigurada, una danza de conquista y lujuria desconocida y atractiva. Muy.
Si el éxtasis es un remolino de colores sobre las sombras bailando y girando sobre sonidos amorfos y retorcidos, estoy frente a su máxima expresión en el lugar perfecto. No sé qué hago aquí, pero está bien. Una pared y un pilar son mis amigos mientras la mesa de sonido tiembla y las agujas saltan sobre el rojo imaginario para decir que todo está en su punto ideal: vorágine en apariencia domada.

Acá no hay espacio para medias tintas. Machine Girl es una máquina feroz sin tapujos ni titubeos. El silencio muere y los músculos se mueven. Es imposible no estremecerse con los golpes disonantes que rebotan y rebotan en las paredes, envolviendo a todo el público de la Sala Metrónomo en un huracán industrial que tiene una total actitud punk y thrash metal, disruptiva y energética que se cuela por los poros y llega al punto de herir los sentidos más agudos. Un robot gigante explotando en 85 mil pedazos. Naves Varitech contra Akira detonado, gigante y amorfo contra Evas desatados y sangrientos. Una guerra de acoples ensordecedores dibujando una epifanía.
La recta final es un ataque indómito de chirridos virulentos en forma de música reconstruida después de la colisión del cometa letal de Machine Girl con Sean Kelly desatado entre golpes ásperos y versátiles y Matt Stephenson flotando como un volantín de acero, solo para caer en una duna de piel, huesos y pelos destellando cual bomba atomizada recubierta de felpa y alambre púa.

Sigo sin saber cómo llegué aquí ni saber qué me golpeó, pero sí sé que el futuro me pasó por encima, un futuro que apareció como un bigbang hace más de 12 años, haciendo que el pasado se trague al presente y se transforme constantemente en lo que viene: un vórtice atronador y retumbante.
Vuelvo a casa con un zumbido atroz en los oídos y sabiendo que un meteorito reverberante sembró sus ondas expansivas en Bellavista. Soy un Atacamatitan caminando en la noche dejando la revolución ardiendo entre los vestigios cubiertos por tintes de electrónica heavy y los beats con sabor a metal.
Algo murió. Algo nació. Machine Girl conquistó un nuevo territorio y desfiguró el vacío en su paso por Santiago.
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