
Texto por Gonzalo Díaz
A mediados de los noventa, la escena metalera vivía un álgido momento de transición. El thrash que había dominado la segunda mitad de los ochenta comenzaba a perder centralidad, marcado por la presencia de nuevos sonidos, como también por la transformación en bandas insignes como por ejemplo Metallica. Por su parte, el grunge ya había reconfigurado el mapa del rock con una amplia camada de bandas, sumado a ello, aparecía una nueva generación que exploraba sonidos más rítmicos, bajos afinados y estructuras menos técnicas pero más viscerales, que incluso espacios como la extinta MTV daban a conocer como espacio difusión. En ese contexto es donde aparece “Roots” de Sepultura, un disco que no solo entendió el cambio de época, sino que lo empujó con una identidad propia, radical y profundamente arraigada a sus raíces.
Hasta entonces, Sepultura venía construyendo una carrera ascendente dentro del thrash metal mundial, lo cual a la fecha, ya era un inmenso logro para una banda sudamericana. Con “Beneath the Remains” (1989) y “Arise” (1991) habían demostrado que desde Brasil se podía competir de igual a igual con la escena estadounidense y europea, esto mediante un sonido veloz, técnico y agresivo, heredero directo de Slayer, Kreator y Venom, bandas fundamentales en el origen de la agrupación de Belo Horizonte. Sin embargo, en Roots la banda decidió desacelerar, simplificar y hacer que el peso recayera menos en la velocidad y más en el groove. Esa decisión fue clave, considerando que ya en “Chaos A.D” (1993) habían dado una “pausa” en la velocidad para incursionar en un sonido más groove, con una clara influencia de sus orígenes latinoamericanos, pero sin dejar de lado la crudeza en sonido y liricas.

Producido por Ross Robinson, figura fundamental en el desarrollo del sonido alternativo pesado de los noventa, el disco apostó por una estética más orgánica y tribal. Las guitarras bajaron la afinación, los riffs se volvieron intensos e hipnóticos, y la batería enfatizó patrones rítmicos como rituales. Canciones que hoy son himnos como “Roots Bloody Roots” o “Attitude”, mostraron que la brutalidad podía construirse desde la insistencia y el pulso, no solo desde la velocidad vertiginosa. En ese gesto, Sepultura se acercó a la sensibilidad que poco después sería etiquetada como nu metal, en paralelo a lo que comenzaban a hacer bandas como Korn, Deftones o Limp Bizkit, agrupaciones que no dejaron de ser parte de la órbita de los brasileños.
Pero reducir “Roots” a un simple antecedente del nu metal sería injusto. Lo que realmente distinguió al álbum fue su decisión de mirar hacia adentro, hacia Brasil, hacia sus raíces, en vez de seguir replicando el canon anglosajón, la banda viajó al Mato Grosso para convivir y grabar con el pueblo indígena Xavante, incorporando cantos, percusiones y estructuras rítmicas tradicionales. No fue una apropiación superficial, fue una búsqueda identitaria. El resultado se escucha en piezas como “Itsári”, en los pasajes percusivos que atraviesan el disco y obviamente, en la trascendental “Ratamahatta”, donde la batería dialoga con tambores y patrones tribales que remiten a ceremonias ancestrales, fusión que convirtió a “Roots” en una obra pionera dentro del llamado metal tribal. Mientras muchas bandas buscaban modernizarse mirando a Estados Unidos, Sepultura globalizó el metal desde el sur. El mensaje era claro: la rabia, la resistencia y la violencia histórica también tenían raíces latinoamericanas. El título del disco no alude solo a lo musical, sino a la identidad, al origen y a la memoria.
El impacto fue inmediato y masivo, “Roots” se convirtió en el disco más exitoso de la banda, abrió las puertas de festivales internacionales que iban más allá del propio metal, como lo fue la insigne presentación en el Pinkpop del año 1996 en Países Bajos, dándoles amplia rotación en MTV y una visibilidad inédita para una agrupación brasileña de metal extremo. Sepultura dejó de ser “la gran banda sudamericana” para transformarse en un nombre central dentro del metal mundial de los noventa. En un momento donde la industria buscaba nuevos sonidos pesados, el álbum ofreció una alternativa distinta y auténtica. Paradójicamente, ese mismo punto alto marcó el fin de una era, ya que en plena gira de promoción, Max Cavalera abandonó la banda, cerrando el ciclo clásico del grupo. Con el tiempo, Roots quedó como el último gran manifiesto de esa formación histórica, un testamento creativo que condensó evolución, riesgo y ruptura.
A treinta años de su lanzamiento, el disco sigue sonando actual. Su producción cruda, su énfasis en el ritmo y su reivindicación cultural anticiparon debates que hoy son centrales en la música global. “Roots” no fue simplemente un cambio de estilo en la carrera de Sepultura, fue un punto de inflexión para el metal en general, demostrando que el género podía dialogar con tradiciones ancestrales sin perder agresividad, que podía reinventarse sin renunciar a su esencia, y que desde el sur del mundo también se podían redefinir las reglas del juego. Más que un clásico de los noventa, “Roots” es una declaración de principios.





















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