
Texto por: Vanessa Pérez
Fotografías por: Hugo Hinojosa
El after eterno de Rawayana llegó a Chile la noche del 22 de agosto con un Movistar Arena agotado, consolidando la primera de tres noches de fiesta. Bailes, saltos, DJs, invitados, sorpresas y un público completamente entregado marcaron el reencuentro y la celebración de una de las bandas venezolanas más importantes de la música latinoamericana actual.
La gira “¿Dónde es el after?”, que celebra su último lanzamiento del mismo nombre, se ha convertido en un fenómeno desde que comenzó la venta de entradas, agotando arenas en distintos países. Para muchos venezolanos migrantes, el encuentro con Rawayana también significaba reencontrarse con una parte de su propia historia: volver a ese espacio de fiesta, comunidad y música que recuerda los tiempos en que la vida parecía un poco más simple.

Pero la invitación de Rawayana no era quedarse atrapados en la nostalgia. Era vivir el presente, disfrutar el instante y celebrar la vida. Y eso fue exactamente lo que ocurrió desde el primer minuto, cuando los integrantes aparecieron detrás de una gran tela blanca que cubría el escenario y que cayó al ritmo de “Soltero”, desatando los primeros gritos de un público que inmediatamente se entregó a la noche. “Bienvenidos a la tierra” y “Dame un break” mantuvieron la energía arriba desde el comienzo.
“En esta gira, uno de los propósitos, y los invitamos a todos a participar, es que en algún momento de la noche cierren los ojos y manifiesten algo bonito para ustedes, para su familia o para el mundo”, decía Beto Montenegro en uno de los momentos que resumía mejor el espíritu de esta gira. El despliegue escenográfico simulaba una casa, con dos bailarinas de cabello rizado y piel morena que bailaban junto a Beto por distintos espacios: la mesa, el sofá y cada rincón del escenario. El concepto convertía el concierto en una especie de hogar, una casa venezolana que poco a poco se transformaba en pista de baile.
Beto Montenegro, además, llevaba un polerón con el código QR de la Fundación After, creada recientemente para recaudar fondos destinados a apoyar a las víctimas del doble terremoto en Venezuela a través de esta gira. Un detalle que resumía una de las ideas centrales de la noche: celebrar la vida mientras se apoya a quienes lo necesitan. Porque el fenómeno de Rawayana no se explica únicamente por sus ritmos divertidos y canciones que invitan a bailar. También está en la manera en que la banda representa una identidad venezolana profundamente cotidiana, alejada de discursos políticos partidistas y mucho más cercana a su gente. “¿Dónde es el after?” está lleno de referencias a esa identidad, desde sus letras coloquiales hasta las historias que rescatan situaciones reconocibles para cualquier venezolano.

“Cimarrón” y “La noche que no había Uber” son ejemplos de esa capacidad de convertir lo cotidiano en canción y hacer que un recinto entero se reconozca en sus propias historias. Lo mismo ocurre con “Feriado”, creada como una canción de cumpleaños más, pero inspirada en esa “costumbre atorrante”, como la describía Beto Montenegro, de inventarse canciones propias para celebrar los cumpleaños en Venezuela. También estaban “Hora loca” y “La conga”, canciones que conectan directamente con momentos culturales de las fiestas venezolanas y latinoamericanas, donde la música se convierte en un espacio colectivo de baile, mezcla de géneros y desorden.
Pero como en todo buen after, también hubo espacio para la emoción. “Tonada por ella” llegó con Beto Montenegro sentado junto al público y vistiendo un polerón de la bandera de Venezuela. Antes de comenzar, expresó: “Nunca nos imaginamos que esta canción iba a formar parte de una situación como la que estamos pasando. Queremos dedicarla a toda esa gente que ha perdido a un familiar en esta tragedia en Venezuela, en Colombia y en todos los países del mundo”. El recinto se llenó de lágrimas. Por unos minutos, la fiesta dio paso al recuerdo, a la solidaridad y a esos sentimientos que, aunque duelen, al ser compartidos adquieren otro significado. Después de ese momento, el after tomó otro ritmo.
Rawayana se trasladó al centro del Movistar Arena, donde una escenografía mucho más sencilla, encabezada por una mesa de DJ, convirtió el recinto completo en una pista de baile. Los propios integrantes musicalizaban la fiesta mezclando canciones que no eran únicamente de su autoría, mientras luces láser cubrían el recinto y las pantallas mostraban a grupos de personas de distintas partes del público, invitando a todos a bailar y saltar con euforia.
Y de eso también se trataba este concierto: no solo de mirar un espectáculo, sino de vivirlo. De bailar junto a Rawayana y junto a las miles de personas que compartían el mismo espacio. De convertir al público en parte activa de la fiesta. Un detalle que hace que esta experiencia sea difícil de comparar con la de cualquier otro concierto. No hubo demasiadas palabras durante la noche, pero cuando aparecieron, fueron precisas.

En uno de los momentos más especiales, Beto explicó que para los venezolanos compartir tiene un significado profundo. Por eso, Rawayana había llevado algo propio para compartir con sus fanáticos: el Latin Grammy que recientemente ganaron por “Veneka”. Con premio en mano la fiesta explotaba nuevamente al ritmo de la canción, que incluso tuvo que ser interpretada dos veces seguidas gracias a la euforia de un público que no dejaba de gritar y saltar.
Cada concierto de Rawayana durante esta gira cuenta además con un invitado especial que se mantiene como sorpresa hasta el momento de su aparición. En esta primera noche en Chile fue el turno de Willy Rodríguez, de Cultura Profética, quien subió al escenario para interpretar “Saca, prende y sorprende”, inmediatamente coreada con furor por todo el Movistar Arena.
Con un setlist de cerca de 40 canciones que recorrió “¿Dónde es el after?”, pero que también dio espacio a favoritas como “Funky Fiesta”, “Vénganse I” y “Besos ricos”, Rawayana demostró por qué esta gira se ha convertido en un fenómeno de emoción, reencuentro y celebración.

Como un atardecer en la playa, el concierto trajo consigo el calor y los colores no solo de Venezuela, sino de Latinoamérica entera. Una noche para bailar, recordar, emocionarse y, sobre todo, compartir. El primer capítulo de tres noches que marcan el comienzo de una nueva etapa para Rawayana en Chile y que convierten al Movistar Arena, por unos días, en el after donde todos queríamos estar.





















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