Por: Lucas Araya
Fotografías: Claudio Escalona

Una jornada intensa y de alta electricidad a cargo de dos de las bandas más emblemáticas del rock chileno de todos los tiempos en una sesión que tuvo al público como protagonista del espectáculo.
Noche fría, las filas de gente que daban la vuelta hasta llegar a la Alameda y en el aire un aire cargado de energía. Así recibía el Teatro Coliseo a quienes se dejaban caer a eso de las 21hrs al centro mismo de Santiago para ser parte de una sesión de decibeles y canciones perfectas.


El fuego partió con Electrodomésticos frente a un teatro colmado de gente para desplegar su sonido electrónico-animal abriendo el baile oscuro al calor de las luces y el humo con Ex la humanidad. De ahí en adelante, todo fue una celebración para disfrutar la chance de disfrutar y absorber “nuestra música” (palabras que en la voz cavernosa de Carlos Cabezas quedaron en el aire como un eco de la verdad).
La marcha sincopada de Edita Rojas, sumada a las teclas y sintetizadores de Valentín Trujillo se acoplaron al sonido latente de la nueva incorporación a la familia electrodoméstica: la bajista Masiel Reyes. La combinación de talentos resultó ser una bola de sonido pesado y electrificado, perfecto remolino para la guitarra punzante de Cabezas para rasgar el aire caliente del lugar.


Detrás del alma, Fui detrás de ti, Corazón de la estridencia derretida de esta nueva formación. pero había espacio para más llamas sobre el escenario pues Angelo Pierattini se sumó a la banda a partir de Has sabido sufrir para desatar un bolero lleno de guitarra sangrantes y estruendosas, unión que llenó el ambiente de acordes y punteos afilados durante todo el set.
«La fortuna», «En tu mirar», «No me digas», «Fe de Carbón» desfilaron frente a un público cómplice y que acompañó cada descarga sonora iridiscente con sus voces y aplausos hasta llegar al final del set. Una cinemática «Yo la quería» y sus imágenes de violencia doméstica entre demencia y ruidos hermosos para finalizar con «El frío misterio» quemando todo después de llegar a la orilla final.


Los Tres irrumpieron con fuerza desde el primer segundo, con Cuti Aste brillando en los teclados mientras la banda iba construyendo el ambiente instrumental con «Rompe paga» para desembocar en «Camino» y desatar el baile de un público masivo y entusiasta, con una amplitud en edades emocionante (desde los fans eternos hasta niñas y niños saltando y cantando). «El Aval» terminó de desatar la fiesta y el karaoke magnético que siguió con «La torre de Babel» y un despliegue instrumental invencible del grupo.


“Hace tiempo que no canto aquí” dijo Álvaro Henriquez en Cerrar y abrir con voz impecable, acompañado de un coro de voces entregadas a la celebración y el reencuentro tan esperado. Altos momentos: el segundo en que Toco fondo cayó para encumbrar el espíritu y Largo con Titae a cargo del teclado y Cuti al bajo liberando la psicodelia y el sudor bajo luces rojas y fulgor para dar paso a los aullidos agudos y un acople hermoso en De hacerse se va a hacer.
A esas alturas, la lista de canciones ya se transformó en una recopilación de clásicos inmortales del rock de acá: La elevación de «Déjate caer», Un amor violento y las baldosas imaginarias de un bar imaginario en una madrugada imaginaria en un teatro con voces tan reales como la devoción a la canción cebolla perpetua.


He barrido el sol cerró el combo de canciones con su sonido inconfundible y la belleza de un coro perpetuo y sin condiciones: con mi voz de plata haré temblar, romper los cristales…
El bis trajo «La espada y la pared» y el teatro se vino abajo con la gente saltando y cantando (gritando en una entonación bella y eufórica, más bien) para cerrar con No sabes que desperdicio tengo en el alma y el éxtasis áspero y chirriante de las guitarras eléctricas podridas y una banda cerrando en llamas.

Una increíble y excitante cita doble con dos pilares del rock chileno.
A la salida, olor lacrimógeno en las nubes de la noche. Yo no traje desastre, pero me llevé un bello recuerdo a casa





















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