Texto por Lucas Araya Araya 
Fotografías por
Camilo González

Zakk Wylde y sus guerreros volvieron a Santiago con su potencia eléctrica con un show contundente y emotivo en el Teatro Coliseo. Un despliegue brutal de fuerza y pasión sin pausas ni bises, solo poder instrumental, espiritual y orgánico donde la figura, la voz y la música de Ozzy Osbourne estuvieron presentes de forma constante de la mano de su más fiel socio.

Acá la crónica de una cosecha sónica.

En 1999 un cassette pirata no paraba de sonar en mi personal stereo en mi camino al liceo en Avenida España. Hoy la densidad de esa música retumba en esta ciudad más de 26 años después. El pasado es presente es futuro.  Cae la noche fría afuera del Coliseo. Cruzar la puerta del teatro es entrar en un horno donde se cocinan los ingredientes de la mejor receta del rock grueso y eterno. Black Label Society, letras casi góticas y calacas en un telón gigante, poleras, mezclilla, cuero, parches. La iconografía de la banda por todas partes entre cientos de fans en la cancha, los pasillos y las  plateas. Esto es una reunión, una fiesta, la cosecha antes del brindis.  Las luces se apagan y de fondo Zeppelin y Sabbath se mezclan con las voces y puños en un mestizaje infernal (en una caverna donde el infierno es paraíso). El ambiente arde. La banda explota y la tela cae.

¡Boom! La misa oscura comienza y la locura se desata con “Funeral bell”, la primera llama en la cual la pasión desbocada de Zakk Wylde se expande por todo el espacio abrazando la entrega ruidosa de quienes repletan el lugar.

La figura mesiánica de Wylde guía la senda con cada gesto, con su puño en el pecho, son su hacha eléctrica hacia los aires, en cada salto, en su emblemática cabellera larga revoloteando sobre el escenario y con cada riff desenfrenado que sacude el cemento en una seguidilla de truenos sónicos como “Destroy & conquer”, “A love u real” o “The heart of darkness” para luego traer al gran jefe una vez más a nuestras bocas y mentes con una versión fragmentada de “No more tears”. El afecto y la memoria se fusionan.

En este caudal de lava y energía hay espacio para un homenaje lleno de amor para Dimebag Darrel y Vinnie Paul con “In this river”. Un momento de tributo compartido antes de saltar nuevamente al vacío y flotar en una ola de fuego con los latigazos de “The blessed hellride”, “Set you free” y “Fire it up”  y con la banda dando rienda suelta a su versatilidad y al fiato como un combo demoledor del silencio: un bajo envolvente, una bata punzante y constante y dos guitarras que hipnotizan y entrelazan sus cuerdas en un enjambre de punteos y barridas luminosas haciendo que todo se eleve en una sesión de espiritismo estruendoso. Con una sonrisa me difumino entre los rincones y en las ondas sonoras que se derriten. Ese cassette que escuchaba camino al liceo ya no existe. El presente es lo único que hay. El ruido y la guitarra con cuernos en lo alto  lo confirman. Un triunfo desbordante por todos lados.

La vendimia en su punto más alto.

El destilado de Black Label Society es acople de contrastes. Son sombra, destello, barro, fuego, sangre y explosiones. Esos dos mundos se unen y se reflejan cuando la fuerza arrolladora de “Messiah” abre el.camino para que “Ozzy’s song” traiga al Príncipe de las tinieblas en una nube de recuerdos de los momentos más notables del universo del rock y el mientras la imagen de Ozzy y su sonrisa son el papel mural donde BLS despliega toda su calidad y fulgor. Un instante de paz y amor para luego volver a la cima de la euforia con “Stillborn” y la entrega máxima, fundiendo una vez más a Zakk Wylde y los suyos con su ejército militante local. Una celebración donde el negro es púrpura y flota como un animal salvaje de acero, sabiendo que nuestro as de las cuerdas tiene la espada de Iommi, Page, Blackmore y Rhodes en sus manos y sigue creando nuevas rutas para que el viaje de Black Label Society y su legado sigan pisando fuerte, aquí, allá y en todas partes.

Hoy se fue un Rucio muy querido por la escena del rock y de la radio. Otro “rucio” pasó por acá para encender una vela, sin saberlo, por él y por toda la familia del riff. Los caídos están aquí, ahora y siempre.

¡Salud por el viejo y querido rock and roll!


Zumbido.cl

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