Texto por Catherine Guichard

El pasado 21 de mayo, fuimos testigos de un acontecimiento singular y profundamente esperado: la banda finlandesa Beherit, ícono absoluto del black metal más primitivo y ceremonial, pisaba por primera vez suelo chileno. El escenario elegido fue el Teatro Cariola, en el marco de su gira latinoamericana. Allí, entre brumas y sombras, se desplegó un repertorio que evocó no sólo música, sino una verdadera invocación desde las profundidades.

Abriendo las puertas del infierno

La primera invocación de la noche corrió por cuenta de los nacionales Sporae Autem Yuggoth, quienes ofrecieron un viaje hipnótico entre los pliegues del death/doom metal. Desde su nacimiento en 2019, la banda ha cultivado un sonido inmersivo y místico, donde cada integrante aporta a un engranaje perfectamente articulado. El teclado, en particular, sustenta una atmósfera arcana que se complementa con la voz desgarradora de su frontman, Patricio Araya, cuya teatralidad da cuerpo a una experiencia sensorial completa. Temas como “Desintegration”, “The Pendulum of Necropath”, “Unperceptive Dimension”, “Phantasm Irrigation” y “Cathedral of the Abuser” inauguraron esta velada como si fuesen las primeras campanadas de un ritual oscuro, abriendo el umbral hacia lo innombrable.

Originalmente, el cartel incluía a Undertaker of the Damned, quienes debieron cancelar su participación por un lamentable duelo que afecta a uno de sus integrantes. En su lugar, asumieron el desafío los veteranos Execrator, quienes no sólo expresaron su respeto hacia la banda ausente, sino que entregaron una presentación visceral, encarnando con fidelidad el death metal más crudo y venerable. Con un sonido directo, potente y sin concesiones, ejecutaron temas como “Tears… Blood”, “Symptom of Darkness”, “Born Again”, “De Sangre y de Fuego”, “Silent Murder” y “Death Of Gods”, encendiendo al público en una descarga honesta y contundente.

Inmersos en las sombras

A las 22:00 horas, las luces comenzaron a desvanecerse y el teatro fue engullido por la oscuridad. Una espesa bruma, acentuada por columnas de incienso encendido a extremos del escenario, anunciaba que no se trataba simplemente de un concierto, sino de una ceremonia. La intro se extendió por más de diez minutos, un umbral sonoro en el que la atmósfera fue tomando forma lentamente, como si el tiempo se diluyera. Era imposible sustraerse: Beherit nos arrastraba, una vez más, hacia su mundo.

Bajo tonos fijos de azul profundo y púrpura espectral, el escenario se transformó en un portal hacia una dimensión liminal. Suena “Black Arts”, “Nocturnal Evil” y “Sodomatic Rites”, envueltas en un estruendo grave que parecía emanar desde las entrañas de la tierra. Nuclear Holocausto Vengeance, figura central de la banda, oficiaba el ritual con su particular mezcla de vocalizaciones sintetizadas y bases electrónicas, un trance distorsionado y abrasador que oscilaba entre el caos y la precisión. Como una aparición en la penumbra, iluminaba brevemente con una linterna a los fieles de la primera fila, quebrando el hechizo solo por un instante, para luego devolverlos a su estado de ensoñación negra.

Continúan con temas como “Witchcraft”, “Unholy Pagan Fire” y la emblemática “The Gate of Nanna”, pasando también por “All in Satan” y “Pagan Moon”. Fue entonces cuando se selló el pacto: una comunión oscura, largamente esperada, entre los discípulos del metal más arcano y sus profetas nórdicos.

Una experiencia sonora extrema

Beherit ofreció una presentación alineada con la estética que ha definido su trayectoria: un sonido deliberadamente primitivo, opresivo y minimalista, que no busca la pulcritud sino la intensidad ritual. La mezcla de elementos electrónicos con estructuras propias del black metal más ortodoxo fue ejecutada con precisión, construyendo una atmósfera cerrada, densa y envolvente, más cercana a una instalación sonora que a un concierto convencional.

El set fue acompañado por un uso austero pero efectivo de iluminación —principalmente en tonos azules y violetas—, sumado a la permanente presencia de niebla artificial e incienso, lo que aportó al carácter ceremonial de la presentación. En términos de diseño sonoro, el bajo rango estuvo especialmente potenciado, lo que permitió que los drones y frecuencias sintetizadas se sintieran en el cuerpo más que en los oídos, generando un impacto físico que amplificó la experiencia.

Beherit no apeló a virtuosismos ni dinámicas tradicionales de interacción con el público; su propuesta está centrada en la construcción de un trance sonoro. Cada tema funcionó como una extensión del anterior, con transiciones imperceptibles que mantuvieron un flujo constante, reforzando la idea de que no se trataba de un setlist sino de un ritual cohesionado.

Este no fue un show para el espectador casual. Aquí, la entrega era total: uno debía dejar algo de sí mismo en la entrada, dispuesto a sumergirse en una oscuridad que no admite concesiones. Beherit, con más de tres décadas de historia, no ofrece espectáculo: ofrece un rito. Y en este rito, Teatro Cariola fue altar y abismo.

Produjo: Chargola Producciones.


Zumbido.cl

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