
Texto por Lucas Araya Araya
El combo cordobés pasó por Santiago arrasando con el aire, el cemento y las ondas sonoras en una sesión de potencia, eclecticismo, volumen a tope y un calor inmenso para sortear las inclemencias del destino.
Acá una crónica alucinada
Anunciaron cacerolazos. Segunda noche de ollas metálicas rechinando. Las calles humeantes del calor tienen un color opaco. Edificios altos y desabridos. Paraderos de micro con cuerpos cansados. Grecia y Vicuña, el cruce donde la jungla cambia. Las mesas en RBX están ocupadas, se ve desde las rejas. Los músicos descargando equipos, probando sonido, sorteando obstáculos de la ruta accidentada. Así es el rock and roll, les dije después.
Hay una fila que va desde la sala, pasando por el pasillo, los baños, la barra y llega hasta el patio de cigarros. Hay ganas. Hay expectativas. Hay almas. Hay ansias cuando abren la puerta. Todo el mundo de una a la pista principal. De la nada un estallido bombástico y estruendoso. Un bajo distorsionado, una bata frenética, voces sarcásticas demoliendo límites, escupiendo los sonidos del fin del mundo y la resistencia cruda. Es Manual de Combate entre luces que explotan y granadas sónicas que caen por las paredes y los tubos. Esto es una guerrilla sin tregua. Nadie sale inmóvil (o vivo) de aquí.

Pausa en la estampida. Momento para abrir un brebaje y saltar al vacío sin paracaídas.
En medio de la oscuridad hay movimientos leves. Tres elefantes sobre el escenario corrigen los hierros eléctricos. Hay gritos. Aguante, dicen. Vamos, vitorean. Vasos de cerveza al aire. Cuando todo para ajustado, cae la estampida brutal: tres elefantes sónicos detonan el oxígeno y todo revienta en un ataque feroz de sonido. Un terremoto que sacude todo, donde el silencio se escapa y el ruido abraza las melodías destrozando las sutilezas y construye templos que ellos mismos derriban con un los golpes de una bata infernal, los latigazos de un bajo multiforme y las teclas deformadas y chirriantes, capaces de dibujar pantanos y nubes de lluvia ácida mientras la locura corre libre entre las cabezas y los oídos entregados a la aventura salvaje de Sur Oculto.

Cada movimiento es una batalla en el ataque final de una gira aguerrida, hecha a pulso y pulmón. La sangre suena y se agita. La avalancha avanza, sin importar los obstáculos: se va la luz, la bata se desarma, los bafles se derriten, el techo tiemble. Da igual, Seba, Maxi y Fabricio están al frente de la máquina de hacer ruidos hipnóticos y elevan todo hasta la galaxia más lejana para luego hacernos bajar a las profundidades del océano difuminado de su universo en forma de laberintos multiforme, donde la luz es sombra y el acople es armonía y fragor es magia.

Son tres gigantes danzando. Hay espacio para cada uno en sus dominios: tambores de raíces metálicas, teclados atmosféricos distorsionados y lunáticos y un bajo demoledor, capaz de crear iluminaciones tiernas y pisotearlo todo con un volumen bestial y feroz. Todos encantados y entregados al hechizo de este trío en su lucha constante. Hoy es hoy y el regalo final es un cierre con sabor a triunfo completo. Aplausos a rabiar y abrazos al bajar llenos de palabras de un amor a primera vista. Locura.
Después del set firman autógrafos, se toman fotos, comparten birras, una pizza y sonrisas con Gero, despliegan su encanto y guiñen con la satisfacción de saber que la conquista que demoró un tiempo da frutos concretos. Derribaron una cordillera de negativas para traer la furia a una ciudad que estaba dormida.
Desafortunadamente, no escuché cacerolazos, después de todo. Todo mi ser estaba en Sur Oculto, su entrega y su espíritu cordobés. No estaba solo. Desde ahora en adelante, seremos más.
¡¡¡Aguante Sur Oculto!!!





















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