
Nota por Lucas Araya
Fotografías: Claudio Escalona
La formación emblemática del grupo más importante de los años 90 se presentó por segunda vez en el marco de su regreso a los escenarios luego de largos 23 años de no tocar juntos. Aquí va una crónica de un niño noventero que llegó a la adultez en un viaje en el tiempo y el espacio sin bolsa de mareo.
Los pájaros de fuego incendian el aire con un set lleno de precisión, potencia y electricidad. Todo vibra a mi alrededor. Manos al aire, gargantas en vuelo, una masa en éxtasis. Luces rojas, blancas y azules se mueven como llamas y las pantallas gigantes muestran a Ángel, Álvaro, Pancho y Titae en el mismo orden en que tocaron por más de dos horas en el segundo set de su regreso en Santiago «Bolsa de mareo» es un salto al vacío del ruido y la lírica surrealista «Tu cariño se me va» es una masa ardiente y explosiva. «No sabes que desperdicio tengo en el alma» es la bomba que salta y salta hasta detonar en tres mil pedazos. Esto es. Aquí, ahora. Los Tres que son cuatro, una aplanadora, enterrando el paso del tiempo, rompiendo la burbuja congelada en mayo del año 2000. Soy feliz.
Pero.
La distancia y el frío a veces se cuelan y se quedan rondando los pasillos. Los asientos pegados a los cuerpos de gente que está ahí pero parecen ausentes. Despiertan con la nostalgia. «He barrido el sol», «La primera vez», «Amores incompletos» suenan hermosos. Después de mucho, esas seis cuerdas de Parra reviven y resuenan. La batería de Pancho es la clave, el secreto oculto y esperado. El groove, el swing, el golpe certero y el ritmo preciso y flotante. Álvaro y Titae, los conductores de la nave que lucha contra los recuerdos idealizados de un tiempo mejor. El presente está temblando con la fuerza de los amplificadores y el vigor de cuatro músicos de primer nivel. Imprescindibles, trascendentales, otra vez, como antes, como siempre, como hoy.
Roberto Parra en las pantallas. Cueca en las ondas sonoras. Palmas agitándose. Algunas parejas bailando (pocas, muy pocas). Yo zapateado solo al fondo de la sala. «Quién es la que viene allí» lo sacude todo y a todos. Una máquina de volar hacia atrás y adelante. Al fin se para la gente.

No, mentira. Se habían levantado con los acordes de «Un amor violento». Vi abrazos y besos entre las pantallas azules y las cámaras rectangulares. Un amor eterno, quizás. Antes de eso, canciones inmortales que caían con su peso sobre las sillas cubiertas de personas que aplauden y cantan en sus puestos. No sé qué pasa. Estamos frente a los más grandes de una década. Quizás las articulaciones nos fallan. Tal vez hay temor por el coche. Probablemente hay incredulidad por estar presenciando una vuelta esperada y soñada. Hay que pellizcarse, de vez en cuando y dejarse caer, tirarse. De hacerse, se va a hacer, en algún momento.
El follaje se mueve entre las sombras de esta arena camuflada de invernadero frío. Tres colores juegan a burlar la presencia gigante de la oscuridad amistosa. Son Los Tres en gloria y majestad. Fumemos las secas hojas del tiempo. A la hora del té, el sonido es la espada, la historia es la pared. Aquí estamos, con la ansiedad a cuestas.

El tráfico cortado, la micro desviada. Voy atrasado. El sol brilla tibio. En el parque hay tinkus y una banda de bronces. Varias celebraciones brotan el mismo día. Llego a la Arena sin hacer fila. Leo y escucho sobre uno de las bandas pilares del rock chileno. No sé qué esperar. Cartas de amor, seguro que no.
El bajo de Titae revoloteando entre los acoples. La bata de Pancho desplegando el caos y las guitarras de Ángel y Álvaro afilando hermosos ruidos. El tiempo gira. Los Tres llegaron a remover y revolver el tiempo y las almas.
Fin del segundo round. No hay knockout. Quedan dos sesiones, varias horas, mucha música por venir.
¿Cómo será el futuro?
No lo sé. Solo existe el hoy con el peso del ayer. Es mayo del 2000 pero 24 años después. Esto es una bienvenida. Sentados en pie, mirando lo que no se ve.





















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