Texto por Franco Zurita

Para adentrarnos en las odiseas de los Hermanos Gutiérrez hay que entender que su
universo se compone mucho más que de dos guitarras, sino de toda una diversidad de
atmósferas que entre el silencio y otros sonidos, exhuman paisajes que parecen haber
estado aguardando bajo el asfalto de nuestra rutina. Hay magia en cada arpegio, un pulso
mineral que desdibuja las paredes del presente para erigir una eterna geografía. Es el
sonido de una casa que se habita con los pies descalzos, donde cada nota es una
hendidura por la cual se filtra la luz tenue de un sol candente, esa que solo existe en el
umbral del recuerdo.

No se trata de ambientar el destino, sino también de tributar el trayecto. Ese viaje a la
intemperie inhabitada, un territorio donde el tiempo no corre, sino que se dilata como una
pupila en la penumbra. Guitarras y melodías que se tuercen como espejismos sólidos en
una carretera que no conduce a ninguna ciudad, sino al centro exacto de nuestra propia
quietud. En medio de esta mística, la música de Alejandro y Estevan funciona como el
oxígeno necesario para sobrevivir a una soledad que, extrañamente, no se siente tan
solitaria.

“Hijos Del Sol”, “Esperanza” o piezas más recientes como “Primos” en compañía de
Adrián Quesada de Black Pumas, son habitaciones sin puertas, estancias de una
elegancia austera donde el eco de una cuerda de nylon marca el pulso de este recorrido. La
mística de los Hermanos Gutiérrez nos abre una ventana hacia un horizonte infinito y al
final, lo que queda en el aire no son sólo melodías, sino la certeza de que acabamos de
regresar de un sitio que, aunque no figure en los mapas, es el único lugar donde nuestra
nostalgia encuentra, al fin, una lugar que recorrer o donde descansar.

Aun quedan entradas disponibles a través de Puntoticket:

https://www.puntoticket.com/hermanosgutierrez-coliseo



Zumbido.cl

0 Comments

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *