Texto por Franco Zurita

Fotografías por Luciano Candia


Anoche, el Teatro Coliseo se vistió de gala para recibir a los Hermanos Gutierrez en su tercera visita a nuestro país, conquistando otro espacio dentro de la capital para ofrecernos un diálogo íntimo entre sus dos guitarras y toda su universo de sonidos cósmicos. Una noche cargada de nostalgia y un viaje largo en carretera a través de la sangre, el sudor y el desierto. 

Con un telón rojo como fondo y parte de la fauna silvestre adornando los espacios. Estevan y Alejandro, saludaron a su público en medio de una cerrada ovación y en total silencio tensaron sus cuerdas para dar inicio a este pacto íntimo entre ellos y sus cuerdas. Como el agua que brota desde la piedra, “Recuerdos” se dibujó entre círculos y matices con la nostalgia de revivir momentos que nunca volverán, pero con la dicha de haberlos vivido. “Hijos del Sol “ fue un reconocimiento a la sangre, a ese color de piel hecho de lágrimas, esfuerzo y sudor. Las guitarras decían todo lo que necesitábamos oír sobre la tierra que nos vio nacer y los Hermanos Gutierrez, encararon este deseo en una de sus piezas más ejemplares. “Thunderbird” trajo el viento. Aquel que nos hace entrecerrar los ojos en medio de la ruta, para luego elevarnos hacia la inmensidad del “Sonido Cósmico”, arpegiando notas como satélites que orbitaron sin prisa por todo el recinto. A medida que los acordes encontraban su espacio, este terminaba por expandir cada una de las sensaciones y con “Tres Hermanos”, algo cambió. Las guitarras se trenzaban, separaban y volvían a encontrarse. 

Luego vino el desierto. No hubo truenos ni arena cristalina. Solo acordes y melodías austeras que comenzaron a secar el ambiente. ”Low Sun” fue el sol de esa tarde que nunca se desvaneció sobre el horizonte, esa luz oblicua que alarga las sombras, como cactus, hasta hacerlas infinitas. “Cumbia Lunar” logró remecer el espíritu con un ritmo contenido, casi secreto, como bailar solo frente al espejo en completa soledad. “Esperanza” fue otra de las joyas que ambientaron este viaje con su sutil encanto. Un hilo delgado que nos une en medio de notas que se niegan a desaparecer y en plena travesía desértica, “El Desierto” trajo consigo la arena, el tiempo y la desolación para secarnos la garganta con el silencio enorme que habita el eco de su último compás.

“El Camino de mi Alma” fue deshilando un enjambre de notas aferrándose al polvo disipado en algún lugar sin nombre y “Sol Avenue”, fue la última pieza de la jornada. Un cierre que vibró hasta el último rincón negándose a extinguir el eco de las cuerdas, dando paso a un silencio hermoso y profundamente necesario. Los aplausos no se hicieron esperar y el aliento contenido de miles de almas presentes en este viaje se sintió como un verdadero estruendo. Los Hermanos Gutiérrez hacen mucho más que música: encienden fogatas en medio de la nada y nos invitan a sumergirnos en la nostalgia de viejas sensaciones conocidas o por conocer. Afuera, Santiago era otra ciudad. Más quieta. Más antigua. Como si la música se hubiera quedado pegada en los adoquines, en los semáforos, en la respiración de cada uno de los que salíamos con los ojos todavía húmedos y el pecho quebrado. Fue una pausa en medio del vértigo, una caricia a destiempo. Fue, simplemente, el lugar donde dos guitarras nos recordaron que todavía somos capaces de sentir.

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